JUSTO EN DICIEMBRE
Ese domingo de
diciembre el calor se había vuelto sofocante, el aire parecía suspendido como
una garra sobre las casas del barrio.
Geraldo y Joäo con sus mujeres y sus hijos se amontonaban en una sola pieza
Geraldo el
mayor era quien había conseguido el
trabajo en la colocación de nuevas redes de cloacas en la hermosa ciudad
carioca. Ambos se habían quedado sin nada, luego del desastre de las
inundaciones en el nordeste. Como otras tantas veces, moverse había sido la
condición para sobrevivir.
Los
hermanos, se habían mantenido muy unidos. Geraldo alto fuerte musculoso, era
como una especie de padre para el más joven.
Su carácter
callado y reservado, lo hacía aparecer como poco demostrativo en los afectos.
Sin embargo a partir de la muerte de los padres, cuando tenía 15 años, se había
hecho cargo de Joäo, cinco años menor.
Hoy con
cuarenta años y quince de convivencia en pareja, llevaba la familia adelante,
con una pobreza digna y orgullosa. María y sus cuatro hijos varones colaboraban
para ganar el sustento diario. Su hermano menor nervioso, inquieto, dependiente, con un carácter bastante inestable, no se
había alejado a pesar de formar su propia familia. Tereza, les había dado a
todos la alegría del nacimiento de una
niña Tereziña, quien a punto de cumplir cinco años se ganaba diariamente los
celos y amores de sus cuatro primos. Y los mimos y caricias de sus tíos.
Teresa con
un embarazo de mellizos casi a término, se había adaptado mal a Río de janeiro.
En las últimas semanas apenas llegaba al baño, con dificultad. Ese día, los
juegos de Tereziña y Luiz sobre su cama la ponían nerviosa, agravando el
agotamiento propio de su estado
Joäo no soportaba verla así, la hora del
mediodía había pasado y el calor empeoraba.
El joven parecía cambiado desde que estaban en
la ciudad, se lo notaba irritable, exaltado hablaba más de lo habitual y tan
rápido, que por momentos no se le entendía.
En el trabajo tenía la fuerza y la resistencia de
varios hombres, eso lo hacía muy valorado para el capataz. Pero casi no dormía. Su hermano mayor lo escuchaba
levantarse por las madrugadas y salir a las callejuelas, en algún momento creyó
escucharlo rezar en voz alta. Pero no estaba seguro. La mudanza, el
hacinamiento, el calor hacían que todo fuera más difícil. A lo mejor solo lo
imaginaba.
Después de
todo, el también a veces se despertaba sobresaltado por siniestras pesadillas
de sangre, machetes y muerte.
_ ¿Y si nos
vamos a la playa?_ La invitación de Joäo
era para los varones de la casa. El mayor pensó que era buena idea dejar
descansar a las mujeres de tanto alboroto. Disminuir un rato la tensión
_Lleva la
nena Joäo_ dijo Tereza casi rogando, Geraldo miro a María
con aire de duda _Si, vayan todos, así yo puedo traer agua y refrescar a
Tereza, éste mes va a ser fatal para ella._
Tereziña
sacudió sus rulos y abrazó su muñeca de paño dispuesta a la salida, buscando la
mano del papá.
Su primo
mayor se ofreció a llevarla a caballito, eso haría más fácil el descenso, desde
la favela las escalinatas y callejuelas estrechas y empinadas desembocaban en
la playa Lebión.
Muy pocos
domingos se habían dado el gusto de mojar los pies en el mar. Geraldo se negaba
a que sus muchachos fueran solos, ellos con edades que iban de los catorce a
los ocho años, no conocían aún los
códigos y reglas de esa gran ciudad.
Aún no
tenían amigos y la época del año no había favorecido la inserción escolar. La
favela, todavía desconocida podía ser peligrosa para sus hijos. El no daba
demasiadas explicaciones, era un hombre fuerte y silencioso, que se hacía
respetar en casa y en la calle. Siempre dispuesto a defender su familia,
incluyendo a su hermano menor, su mujer y ese regalo del cielo que era
Tereziña. Solo la nena lo divertía con sus continuas monerías.
Mientras
bajaban a la playa, sonreía mirando a sus muchachos jugar con la prima. Su
hermano menor venía detrás, en un momento lo miró, se dio cuenta que se
persignaba repetidamente, murmurando algo tan bajito que apenas podía oírlo, le
pareció escuchar” Bendita Lemanja”
¿Qué bicho lo había picado? Era esta ciudad
desconocida seguro, ya se le pasaría.
En la playa
los chicos se tiraron a jugar con las olas, llenos de vitalidad y alegría. Los
adultos descalzos, se mojaron los pies. Geraldo se sentó con la muñeca y la
ropa en los brazos mientras vigilaba.
A un costado
con los pies hundidos en la arena blanca, Joäo comenzó a juntarla a puñados
dejándola caer como una tibia lluvia sobre su cabeza, mientras cantaba, un
extraño himno a Lemanja, por su rostro corrían lágrimas.
Cuando su
hermano se dio cuenta, advertido por los niños, el joven ya estaba con el agua
al cuello frente a las olas. Y aún así no dejaba de cantar. Por un segundo se
perdió de vista. Todos gritaban llamándolo. Geraldo sin dudar se tiró al agua,
gritando a sus hijos._ ¡Cuiden la nena!_
Mientras nadaba
y dejaba de ver a su hermano, no pudo
evitar el recuerdo de su padre, a quien él menor se parecía tanto. Aquella
noche en que machete en mano, obligó a su madre a correr hacia el barranco y abrazándola
se dejo caer.
De nuevo la
locura lo tocaba, pero ésta vez no iba a permitir entrar a la muerte de ninguna
manera, se negaba a recibir a Omulu, no con Joäo, no con su único hermano. En
un descenso de las olas pudo verlo flotando en brazos de una hermosa mujer de
largos cabellos negros su manto celeste se confundía con el mar. Tuvo a la vez
la duda y la certeza de su propia locura. Cerró los ojos y braceo con fuerza,
lo alcanzó antes de que se hundiera. Con todas sus fuerzas nado hacia la
orilla, increíblemente su hermano no solo vivía sino que cuando hicieron pie se
paró fácilmente, mientras cantaba su salmo lleno de felicidad.
Cuando lo
abrazó en la playa supo que rescatarlo había sido un milagro.
Los varones
lloraban y reían temblando luego del susto. No importaba otra cosa que la
felicidad de estar juntos. Joao seguía rezando, como un loco, ya verían como
afrontar su enfermedad, pero estaba vivo ¡vivo!
Mientras
tanto, la niña señalaba con su dedito mirando el mar. ¡Allá. Allá. La
Señora!¡LA SEÑORA!
Los curiosos
que se juntaron alrededor, dieron muchas versiones de lo que pasó, pero en lo
único que coincidieron en realidad, fue en la descripción del más bello arco
iris. Todos dijeron que nunca habían visto nada igual, que verlo fue como un
regalo del cielo.