EL NIÑO LUIS
Tres días habían
pasado, si se piensa bien no son tantos, pero a nosotros nos parecieron eternosSobre todo porque nada
parecía aclararse. La figura del patrón se veía a contraluz en la parte alta de
la casa.
Las luces no se habían
apagado en ningún momento. Tampoco cesaba la música que taladraba los oídos de
tanto repetirse.Desde abajo Madalena,
el Braulio y yo. Rodeados por los peones. Esperábamos atentos, vaya a saber
qué.A lo mejor un sonido, un
estallido que nos sacudiera y aliviara nuestra preocupación.Cuando él se encerró
dejándonos afuera me había dado cuenta de que la situación se volvía inmanejable.
Y no era para menos.
Pobre el patrón.A su edad, pasar por
esa angustia.La Madalena dice que
ella se lo imaginaba. Pero la gente es así. Suele decir –Yo sabía- después que
pasan las cosas.Yo la verdad que ni lo
pensé. Me alegró mucho eso si cuando compró el pura sangre. Era la oportunidad de
reactivar el haras que se había venido abajo desde la muerte de la señora.
El patrón parecía haber
perdido interés en los caballos. Pero el tiempo termina curando los dolores.
Sobre todo cuando el niño Luis volvió de la universidad ese verano dispuesto a
quedarse y compartir el manejo del establecimiento.
¡Cómo no íbamos a estar
contentos!
Al niño Luis le
gustaban mucho los caballos, pasaba días enteros en los galpones, los corrales
o los boxes de las caballerizas. Paseaba por el campo alto y erguido, con su
pelo largo y rubio al viento, montado en el Moro. Siempre con una sonrisa en
los ojos profundos y azules. ¡Se parecía tanto a la señora! La Madalena lo trataba como a un hijo ya que había ayudado a criarlo.
Después de un tiempo,
todo pareció mejorar y el patrón ante la
insistencia de su hijo decidió renovar
el plantel.
Y ahí empezó todo. Llegaron
seis yeguas y un padrillo. El semental estaba sin domar. Dominaba con sus
relinchos y su estampa, se lo veía
hermoso con su negro pelaje y un lucero en la frente…
Ninguno de los peones
se le animó.
El patrón pidió un
domador a los García Unzueta en la Blanquita de Chivicoyo.
Y ellos se lo mandaron,
a préstamo por seis meses.
El domador como el
padrillo dominaba los corrales y los caballos, de a poco la peonada se le fue
arrimando, para escuchar sus relatos y aventuras.
Hablaba bien el hombre,
hasta las mujeres del servicio se le acercaban en aquellas noches tibias de
principio del otoño. También el niño Luis claro.
A medida que avanzaba
el invierno los dos jóvenes, se convertían en amigos inseparables. Daba gusto
verlos competir en los aprontes de carrera al Lucifer (que así lo nombraron al padrillo)
con el Moro del niño Luis, sin sacarse ni una nariz de ventaja.
O a los dos muchachos
desafiarse en lucha libre, rodando envueltos en polvo en el corral chico. Los
jóvenes músculos tensos y brillantes de transpiración.
A veces me parecían
cachorros de tigre.
Pero las cosas buenas
nunca duran. Y llego junio cuando el domador empezó sus preparativos para irse.
El primero de julio el patrón lo llevó al pueblo, me pidió que lo acompañara
por la niebla.
Cuando volvimos él entró en la casa. Dicen las mujeres que en el
comedor puso un disco en el combinado y
preguntó por el niño Luis mientras tomaba un café bien caliente. Nadie lo había
visto, seguro que dormía porque todavía la puerta del cuarto estaba cerrada.
Después subió las
escaleras. Cuando lo escuchamos gritar corrimos todos. El patrón temblaba con un
papelito en la mano, un cuadradito mínimo sacado de un atado de cigarrillos
escrito a lápiz.
La cama no había sido
tocada.
Me alcanzó el papel
murmurando palabras raras.
Ninguno de nosotros a
pesar de leer varias veces logró
entender del todo la nota del niño Luis.
Igual no decía mucho. Solo explicaba que se iba para no
avergonzarlo. También decía que gracias al domador finalmente supo la verdad de
su condición. Que lo perdonara pero que había cosas que no se pueden curar. y
lo peor pedía que no lo buscara.
El patrón bajó para servirse un vaso de
ginebra y nos empujó a la galería. Cuando cerró puertas y ventanas del piso
bajo me preocupé.
Pero hoy que ya pasaron
tres días, y sigue encerrado pasando el mismo disco sin parar. Hoy voy a llamar
al comisario y al doctor a ver qué dicen.
¡Pobre patrón! ¡Pasar
por algo así! Sin sentido la nota, como para volverse loco mire. ¡Palabra de
honor, como para volverse loco!
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