miércoles, 14 de octubre de 2015



EL NIÑO LUIS

 Tres días habían pasado, si se piensa bien no son tantos, pero a nosotros nos parecieron eternosSobre todo porque nada parecía aclararse. La figura del patrón se veía a contraluz en la parte alta de la casa.
Las luces no se habían apagado en ningún momento. Tampoco cesaba la música que taladraba los oídos de tanto repetirse.Desde abajo Madalena, el Braulio y yo. Rodeados por los peones. Esperábamos atentos, vaya a saber qué.A lo mejor un sonido, un estallido que nos sacudiera y aliviara nuestra preocupación.Cuando él se encerró dejándonos afuera me había dado cuenta de que la situación se volvía inmanejable. Y no era para menos.
Pobre el patrón.A su edad, pasar por esa angustia.La Madalena dice que ella se lo imaginaba. Pero la gente es así. Suele decir –Yo sabía- después que pasan las cosas.Yo la verdad que ni lo pensé. Me alegró mucho eso si cuando  compró el pura sangre. Era la oportunidad de reactivar el haras que se había venido abajo desde la muerte de la señora.

El patrón parecía haber perdido interés en los caballos. Pero el tiempo termina curando los dolores. Sobre todo cuando el niño Luis volvió de la universidad ese verano dispuesto a quedarse y compartir el manejo del establecimiento.
¡Cómo no íbamos a estar contentos!
Al niño Luis le gustaban mucho los caballos, pasaba días enteros en los galpones, los corrales o los boxes de las caballerizas. Paseaba por el campo alto y erguido, con su pelo largo y rubio al viento, montado en el Moro. Siempre con una sonrisa en los ojos profundos y azules. ¡Se parecía tanto a la señora!  La Madalena lo trataba como a un hijo  ya que había ayudado a criarlo.
Después de un tiempo, todo  pareció mejorar y el patrón ante la insistencia de su hijo decidió  renovar el plantel.
Y ahí empezó todo. Llegaron seis yeguas y un padrillo. El semental estaba sin domar. Dominaba con sus relinchos y su estampa, se lo veía  hermoso con su negro pelaje y un  lucero en la frente…
Ninguno de los peones se le animó.
El patrón pidió un domador a los García Unzueta en la Blanquita de Chivicoyo.
Y ellos se lo mandaron, a préstamo por seis meses.
El domador como el padrillo dominaba los corrales y los caballos, de a poco la peonada se le fue arrimando, para escuchar sus relatos y aventuras.
Hablaba bien el hombre, hasta las mujeres del servicio se le acercaban en aquellas noches tibias de principio del otoño. También el niño Luis claro.
A medida que avanzaba el invierno los dos jóvenes, se convertían en amigos inseparables. Daba gusto verlos competir en los aprontes de carrera al Lucifer (que así lo nombraron al padrillo) con el Moro del niño Luis, sin sacarse ni una nariz de ventaja.
O a los dos muchachos desafiarse en lucha libre, rodando envueltos en polvo en el corral chico. Los jóvenes músculos tensos y brillantes de transpiración.
A veces me parecían cachorros de tigre.
Pero las cosas buenas nunca duran. Y llego junio cuando el domador empezó sus preparativos para irse. El primero de julio el patrón lo llevó al pueblo, me pidió que lo acompañara por la niebla.
Cuando volvimos él  entró en la casa. Dicen las mujeres que en el comedor  puso un disco en el combinado y preguntó por el niño Luis mientras tomaba un café bien caliente. Nadie lo había visto, seguro que dormía porque todavía la puerta del cuarto estaba cerrada.
Después subió las escaleras. Cuando lo escuchamos gritar corrimos todos. El patrón temblaba con un papelito en la mano, un cuadradito mínimo sacado de un atado de cigarrillos escrito a lápiz.
La cama no había sido tocada.
Me alcanzó el papel murmurando palabras raras.
Ninguno de nosotros a pesar de leer  varias veces logró entender del todo la nota del niño Luis.
Igual no decía mucho.  Solo explicaba que se iba para no avergonzarlo. También decía que gracias al domador finalmente supo la verdad de su condición. Que lo perdonara pero que había cosas que no se pueden curar. y lo peor pedía que no lo buscara.
 El patrón bajó para servirse un vaso de ginebra y nos empujó a la galería. Cuando cerró puertas y ventanas del piso bajo me preocupé.
Pero hoy que ya pasaron tres días, y sigue encerrado pasando el mismo disco sin parar. Hoy voy a llamar al comisario y al doctor a ver qué dicen.
¡Pobre patrón! ¡Pasar por algo así! Sin sentido la nota, como para volverse loco mire. ¡Palabra de honor, como para volverse loco!
 


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