EN SEPIA
Nada perdura, ya ves, ni siquiera la imagen que se talló en mi retina aquella madrugada cuando el tren comenzó a alejarse. Ya no tengo esa rara mezcla de felicidad y desasosiego que generó tu partida. Aquel momento quedó mucho tiempo cristalizado en mi memoria. Como una foto perfecta en la que las luces del alba arrancaban brillos rosados al último vagón que se alejaba.
Después, como
pasa con las fotos de regular calidad, el conjunto se fue desdibujando, fue
perdiendo sus brillos el hermoso color de aquel verano donde nuestras vidas
comenzaban otra etapa; la tuya llena de sueños, expectativas, ilusiones,
planes, futuro; la mía de orgullo y espera, en nuestro pequeño pueblo pampeano
donde el sol y los cardos le discutían espacio y belleza a los trigales y las
talas.
Tanto ha
cambiado todo. Hoy la estación vacía mira sus rieles inútiles que ya no
esperan. Los campos de oro de trigo y los azules del lino se han convertido en
verdes campos de soja. El viento empuja arena en las calles por las que ya no
camina ningún joven. Si volvieras no podrías reconocer el lugar de tu infancia.
Se lo está comiendo el olvido.
Hace ya diez años que no viajo a Buenos Aires.
Al principio sí, nada me detenía, ni las prevenciones de tu padre, ni el miedo
de tus tías, ni la amenaza de “ellos”. Tomé ese tren cientos… no, miles de
veces, apretándote contra mi pecho y cuando me adormilaba el traqueteo, todo
era una fiesta, porque te recuperaba, perfecta, con esos ojos de miel,
preguntones, inquietos, soñadores. Hasta podía escuchar claramente tu voz. Me
habían contado que tenías novio en la facultad, nunca lo conocimos, tus primos
sí.
Pero ellos murieron ese día en el tiroteo.
Dicen que de la casa sacaron a los gemelitos de Mariana envueltos en una
frazada y a una parejita de adolescentes. Los vecinos contaban que la chica
tenía puesto un vestidito a rayas rosa y blanco, yo te lo cosí el verano
anterior a que te fueras.
Eso también cambió, ya no se cosen vestidos en
la casa. A lo mejor a vos te hubiese gustado hacerlo ¿Te conté que nadie supo
decirme si estabas viva o muerta? Ahora no puedo preguntar de nuevo, a ambos
lados de la casa de tus primos (que se conserva como reliquia) han levantado
dos edificios de diez pisos que se han comido todo el sol del fondo,
volviéndola más oscura, más lúgubre, más trágica.
Ya ves, nada
perdura… como te decía, hace ya diez años que me enfermé y no viajo a Buenos
Aires como lo hice durante treinta años. Me he limitado a caminar a la estación
todos los jueves, con mi bastón y mi pañuelo. Pero los días pasan y cada vez
recuerdo menos. A veces me paro frente al espejo de luna grande que tanto te
gustaba y desde ahí me mira una anciana temblorosa y extraña; no la conozco
pero parece amable y me trata con afecto. Es como si quisiera consolarme por
algo. De lo que sí estoy segura es que no viene sola, muchas veces veo cruzar
detrás de ella una chiquilina de largo pelo castaño. No sé quien es pero alguna
vez logré ver su sonrisa. No te imaginas lo dulce que es esa nena. Me gustaría
que la vieras, a lo mejor vos la conoces de la escuela.
Nada perdura. Me
contaron que el arroyo de Las Garzas se secó hace años y nunca más volvió a
tener agua ¿Será cierto? Yo no creo todo lo que dicen… hoy mejor me quedo en el
sillón de la galería.
Me levanté más
temblorosa que otros días y ni siquiera pude ponerme esto en la cabeza,
aleteaba en mis manos hasta que se cayó.
Se lo ve tan
blanco, tan triste en el suelo, tiene cosas escritas en punto cruz, pero yo no puedo
agacharme y ni me acuerdo donde puse los lentes.
Si vuelve la
nena del espejo le podría pedir que me ayude. Si vuelve…
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