viernes, 2 de octubre de 2015


 LA DESCONOCIDA


Era la última hora de la tarde y quedaba poca gente en la exposición.
Una mujer como clavada en la amplia puerta de la sala cuatro, parecía una estatua. Frente a ella, en la pared del fondo, se destacaba una naturaleza muerta. Parecía ser esa la razón de su inmovilidad. Curioso, me di vuelta y seguí la dirección de su mirada. Tuve una ambigua sensación de cambio de ritmo en el corazón; en la tela, donde jugaban con la luz todos los matices de ocre, creí ver un movimiento leve, un destello inusitado que parecía agitar el
 follaje muerto. Me di vuelta para mirarla a los ojos y noté que musitaba. Me acerque un poco, su voz era apenas audible, sus palabras eran suspiros que se quebraban en el aire. Seguía hipnotizada con el cuadro.
Se mueve....Se está moviendo....
Apenas se oía su voz. Volví la mirada al cuadro. Di unos pasos tratando de mejorar el foco. ¡No se vaya!... ¡No me deje!
 La voz me sobresaltó. Había algo inexplicable en ese llamado. Reforzando las palabras me tendió su mano izquierda. No lo había notado antes, su rostro irradiaba una luminosidad angustiante. Tendí también mi mano sin pensarlo y la tomó sin siquiera mirarme. Al contacto tuve una rara sensación de trance. Caminamos lentamente hacia el fondo del salón. El cuadro parecía agrandarse, no sólo por la cercanía, parecía agrandarse de otra forma. Creo que si no hubiese tenido su mano en la mía, tal vez me hubiese detenido, razonado. Pero no. Ante mis ojos, la pared desaparecía en la expansión móvil de los ocres. Creo que estábamos a unos dos metros del cuadro cuando sentí unas hojas rozándome la mejilla. Me apretó fuerte la mano. Quise mirarla pero, también yo, estaba fascinado, atrapado. De la mano de la desconocida, transpuse el portal de ese lánguido otoño. Juntos avanzamos en medio de remolinos de polvo y hojarasca.
Por unos segundos nos nublaron la vista. De no ser así, seguramente hubiésemos visto el borde, o al menos escuchado el sonido de las olas rompiendo en las rocas, allá abajo.
En la caída interminable tuve la clara sensación de que en mi mano derecha se deshacía una hoja seca.


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