viernes, 23 de octubre de 2015


JUSTO EN DICIEMBRE


Ese domingo de diciembre el calor se había vuelto sofocante, el aire parecía suspendido como una garra sobre las casas del  barrio. Geraldo y Joäo con sus mujeres y sus hijos se amontonaban en una sola pieza
Geraldo el mayor  era quien había conseguido el trabajo en la colocación de nuevas redes de cloacas en la hermosa ciudad carioca. Ambos se habían quedado sin nada, luego del desastre de las inundaciones en el nordeste. Como otras tantas veces, moverse había sido la condición para sobrevivir.
Los hermanos, se habían mantenido muy unidos. Geraldo alto fuerte musculoso, era como una especie de padre para el más joven.
Su carácter callado y reservado, lo hacía aparecer como poco demostrativo en los afectos. Sin embargo a partir de la muerte de los padres, cuando tenía 15 años, se había hecho cargo de  Joäo, cinco años menor.
Hoy con cuarenta años y quince de convivencia en pareja, llevaba la familia adelante, con una pobreza digna y orgullosa. María y sus cuatro hijos varones colaboraban para ganar el sustento diario. Su hermano menor nervioso,  inquieto, dependiente,  con un carácter bastante inestable, no se había alejado a pesar de formar su propia familia. Tereza, les había dado a todos  la alegría del nacimiento de una niña Tereziña, quien a punto de cumplir cinco años se ganaba diariamente los celos y amores de sus cuatro primos. Y los mimos y caricias  de sus tíos.
Teresa con un embarazo de mellizos casi a término, se había adaptado mal a Río de janeiro. En las últimas semanas apenas llegaba al baño, con dificultad. Ese día, los juegos de Tereziña y Luiz sobre su cama la ponían nerviosa, agravando el agotamiento propio de su estado
 Joäo no soportaba verla así, la hora del mediodía había pasado y el calor empeoraba.
 El joven parecía cambiado desde que estaban en la ciudad, se lo notaba irritable, exaltado hablaba más de lo habitual y tan rápido, que por momentos no se le entendía.
En  el trabajo tenía la fuerza y la resistencia de varios hombres, eso lo hacía muy valorado para el capataz. Pero  casi no dormía. Su hermano mayor lo escuchaba levantarse por las madrugadas y salir a las callejuelas, en algún momento creyó escucharlo rezar en voz alta. Pero no estaba seguro. La mudanza, el hacinamiento, el calor hacían que todo fuera más difícil. A lo mejor solo lo imaginaba.
Después de todo, el también a veces se despertaba sobresaltado por siniestras pesadillas de sangre, machetes y muerte.
_ ¿Y si nos vamos a la playa?_   La invitación de Joäo era para los varones de la casa. El mayor pensó que era buena idea dejar descansar a las mujeres de tanto alboroto. Disminuir un rato la tensión
_Lleva la nena Joäo_   dijo Tereza casi rogando, Geraldo miro a María con aire de duda _Si, vayan todos, así yo puedo traer agua y refrescar a Tereza, éste mes va a ser fatal para ella._
Tereziña sacudió sus rulos y abrazó su muñeca de paño dispuesta a la salida, buscando la mano del papá.
Su primo mayor se ofreció a llevarla a caballito, eso haría más fácil el descenso, desde la favela las escalinatas y callejuelas estrechas y empinadas desembocaban en la playa Lebión.
Muy pocos domingos se habían dado el gusto de mojar los pies en el mar. Geraldo se negaba a que sus muchachos fueran solos, ellos con edades que iban de los catorce a los ocho años,  no conocían aún los códigos y  reglas de esa gran ciudad.
Aún no tenían amigos y la época del año no había favorecido la inserción escolar. La favela, todavía desconocida podía ser peligrosa para sus hijos. El no daba demasiadas explicaciones, era un hombre fuerte y silencioso, que se hacía respetar en casa y en la calle. Siempre dispuesto a defender su familia, incluyendo a su hermano menor, su mujer y ese regalo del cielo que era Tereziña. Solo la nena lo divertía con sus continuas monerías.
Mientras bajaban a la playa, sonreía mirando a sus muchachos jugar con la prima. Su hermano menor venía detrás, en un momento lo miró, se dio cuenta que se persignaba repetidamente, murmurando algo tan bajito que apenas podía oírlo, le pareció escuchar” Bendita Lemanja”
 ¿Qué bicho lo había picado? Era esta ciudad desconocida seguro, ya se le pasaría.
En la playa los chicos se tiraron a jugar con las olas, llenos de vitalidad y alegría. Los adultos descalzos, se mojaron los pies. Geraldo se sentó con la muñeca y la ropa  en los brazos mientras  vigilaba.
A un costado con los pies hundidos en la arena blanca, Joäo comenzó a juntarla a puñados dejándola caer como una tibia lluvia sobre su cabeza, mientras cantaba, un extraño himno a Lemanja, por su rostro corrían lágrimas.
Cuando su hermano se dio cuenta, advertido por los niños, el joven ya estaba con el agua al cuello frente a las olas. Y aún así no dejaba de cantar. Por un segundo se perdió de vista. Todos gritaban llamándolo. Geraldo sin dudar se tiró al agua, gritando a sus hijos._ ¡Cuiden la nena!_
Mientras nadaba y dejaba de ver a su hermano,  no pudo evitar el recuerdo de su padre, a quien él menor se parecía tanto. Aquella noche en que machete en mano, obligó a su madre a correr hacia el barranco y abrazándola se dejo caer.
De nuevo la locura lo tocaba, pero ésta vez no iba a permitir entrar a la muerte de ninguna manera, se negaba a recibir a Omulu, no con Joäo, no con su único hermano. En un descenso de las olas pudo verlo flotando en brazos de una hermosa mujer de largos cabellos negros su manto celeste se confundía con el mar. Tuvo a la vez la duda y la certeza de su propia locura. Cerró los ojos y braceo con fuerza, lo alcanzó antes de que se hundiera. Con todas sus fuerzas nado hacia la orilla, increíblemente su hermano no solo vivía sino que cuando hicieron pie se paró fácilmente, mientras cantaba su salmo lleno de felicidad.
Cuando lo abrazó en la playa supo que rescatarlo había sido un milagro.
Los varones lloraban y reían temblando luego del susto. No importaba otra cosa que la felicidad de estar juntos. Joao seguía rezando, como un loco, ya verían como afrontar su enfermedad, pero estaba vivo ¡vivo!
Mientras tanto, la niña señalaba con su dedito mirando el mar. ¡Allá. Allá. La Señora!¡LA SEÑORA!
Los curiosos que se juntaron alrededor, dieron muchas versiones de lo que pasó, pero en lo único que coincidieron en realidad, fue en la descripción del más bello arco iris. Todos dijeron que nunca habían visto nada igual, que verlo fue como un regalo del cielo.



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