jueves, 1 de octubre de 2015


VIAJAR EN EL TIEMPO



Si sabía buscar, si ponía el alma en eso, estaba casi seguro de lograrlo. Todo había sido demasiado duro, arbitrario, loco, un mínimo movimiento cósmico que bruscamente pone el mundo al revés, conmoviendo hasta las fibras más profundas.
Fue como si las hojas de almanaque se desprendieran aspiradas dentro de un embudo gigantesco que en sus remolinos remedara las series sobre el túnel del tiempo.
 ¿Cómo puedo explicar lo que no comprendo? ¿Cómo pensar que nosotros, con la felicidad de nuestra unión y nuestros jóvenes veinte años, no alcanzábamos a diferenciar claramente  la realidad interna de la externa?
Desde el nacimiento de la bebé, vivíamos una especie de éxtasis. Más allá de nuestros diarios compromisos, que no dejábamos de cumplir, disfrutábamos de ese maravilloso regalo del cielo que era nuestra hija. Dios parecía haber acomodado las piezas del rompecabezas; todo adquiría un sentido claro, nuestra lucha, nuestra meta, nuestra proyección de futuro. Ella había iluminado nuestras vidas. Ya habían pasado seis meses y sus sonrisas, sus balbuceos, eran nuestro alimento diario para seguir adelante, por ella, por otros, por la vida que llevaría felicidad a todos.
Me dijeron después que si hubiésemos llegado cinco minutos antes, hubiésemos alcanzado a salir. Sólo cinco minutos ¿Qué son cinco minutos en la vida de cualquiera? Nada. Cinco giros de la aguja grande del reloj, trescientos cincuenta latidos del corazón, el tiempo de un beso cuando nos conocimos, cinco minutos, nada.
Sólo fueron fogonazos, el sonido de los disparos, un apretar el acelerador alocadamente mientras una sensación de electricidad me recorría el hombro y el brazo derecho. Vos la llevabas en el porta bebé apoyada contra tu pecho. Dos cuadras antes decidiste (siempre decidías) “Bajo yo. Vos mantené el jeep en marcha, la entrega es chica y no pesa nada. Yo hago más rápido” Nunca supe decirte que no. Me habías demostrado en éstos dos años que de una forma u otra siempre tenías razón. Además, era tocar timbre, dejar el paquete e irnos.
Por el retrovisor te ví tocando el timbre frente a la puertita de madera que daba al jardín. Me pareció entrever un bulto en el techo y enseguida el fogonazo, el estruendo. Te tambaleaste y saliste como empujada hacia atrás. Alcancé a ver la mantilla que se ponía roja y aceleré. Si, aceleré. No podía hacer otra cosa, no podía caer vivo, muchas vidas dependían de mí y el balazo no pudo frenarme. Como un hijo de puta, las dejé solas, tiradas ahí.
Ahora que estoy en esta cabañita en la isla, ahora que se han curado mis heridas físicas y ellos tienen planificado mi viaje a Suecia, me doy cuenta: si me esfuerzo lo suficiente, si pongo el alma en ello, voy a volver a encontrarlas.
Será esta noche.
Ellos no saben, sigo teniendo la pastilla.



No hay comentarios:

Publicar un comentario