sábado, 24 de octubre de 2015


AGUJETAS DE FUEGO


Hoy de golpe lo supe los ojos casi ciegos
                                                              se abrieron sin decoro
                                  y todo estaba allí
                                                            trasparentado
giro cuarenta veces mi renuncia 
en tu mirada esquiva
                                        mi protección inútil
la mano sobre el plato
                           en movimiento circular perpetuo
apretando cerrojos a los pájaros libres
hoy lo vi y tengo miedo
tengo miedo ésta noche
                                           hace frío
los silencios parecen agujetas de fuego
                                            vi escapar
los cálidos vellones desde el vientre
                                            del tiempo
huyeron tras la sombras
                                             es inútil
que suenen las campanas  o agiten cascabeles
sus oídos son ciegos
                                         y hace frio esta noche
tanto como esperaba
                                        la tierra de cosechas

y hoy no puedo volar a recoger los granos. 

VERÁS LAS MÍNIMAS LUCIÉRNAGAS


 ¿Por qué verás las mínimas luciérnagas
agolparse en los muros de la noche?
¿Por qué caminarás los mortecinos pasos
 recortados  sin huella contra  el agua?
¿Por qué acunaras los grillos
sobre el pecho feroz de la tormenta
¿Por qué  apagarás las antorchas
en la boca de tu propio laberinto?
¿Por qué enrollaras allí en la luna
las apremiadas nubes ?
Será porque se añoran las piezas inconclusas
como manos con desolados dedos
soñando con  la última caricia.

 

viernes, 23 de octubre de 2015

      EN SEPIA


Nada perdura, ya ves, ni siquiera la imagen que se talló en mi retina aquella madrugada cuando el tren comenzó a alejarse. Ya no tengo esa rara mezcla de felicidad y desasosiego que generó tu partida. Aquel momento quedó mucho tiempo cristalizado en mi memoria. Como una foto perfecta en la que las luces del alba arrancaban brillos rosados al último vagón que se alejaba.
Después, como pasa con las fotos de regular calidad, el conjunto se fue desdibujando, fue perdiendo sus brillos el hermoso color de aquel verano donde nuestras vidas comenzaban otra etapa; la tuya llena de sueños, expectativas, ilusiones, planes, futuro; la mía de orgullo y espera, en nuestro pequeño pueblo pampeano donde el sol y los cardos le discutían espacio y belleza a los trigales y las talas.
Tanto ha cambiado todo. Hoy la estación vacía mira sus rieles inútiles que ya no esperan. Los campos de oro de trigo y los azules del lino se han convertido en verdes campos de soja. El viento empuja arena en las calles por las que ya no camina ningún joven. Si volvieras no podrías reconocer el lugar de tu infancia. Se lo está comiendo el olvido.
 Hace ya diez años que no viajo a Buenos Aires. Al principio sí, nada me detenía, ni las prevenciones de tu padre, ni el miedo de tus tías, ni la amenaza de “ellos”. Tomé ese tren cientos… no, miles de veces, apretándote contra mi pecho y cuando me adormilaba el traqueteo, todo era una fiesta, porque te recuperaba, perfecta, con esos ojos de miel, preguntones, inquietos, soñadores. Hasta podía escuchar claramente tu voz. Me habían contado que tenías novio en la facultad, nunca lo conocimos, tus primos sí.
 Pero ellos murieron ese día en el tiroteo. Dicen que de la casa sacaron a los gemelitos de Mariana envueltos en una frazada y a una parejita de adolescentes. Los vecinos contaban que la chica tenía puesto un vestidito a rayas rosa y blanco, yo te lo cosí el verano anterior a que te fueras.
 Eso también cambió, ya no se cosen vestidos en la casa. A lo mejor a vos te hubiese gustado hacerlo ¿Te conté que nadie supo decirme si estabas viva o muerta? Ahora no puedo preguntar de nuevo, a ambos lados de la casa de tus primos (que se conserva como reliquia) han levantado dos edificios de diez pisos que se han comido todo el sol del fondo, volviéndola más oscura, más lúgubre, más trágica.
Ya ves, nada perdura… como te decía, hace ya diez años que me enfermé y no viajo a Buenos Aires como lo hice durante treinta años. Me he limitado a caminar a la estación todos los jueves, con mi bastón y mi pañuelo. Pero los días pasan y cada vez recuerdo menos. A veces me paro frente al espejo de luna grande que tanto te gustaba y desde ahí me mira una anciana temblorosa y extraña; no la conozco pero parece amable y me trata con afecto. Es como si quisiera consolarme por algo. De lo que sí estoy segura es que no viene sola, muchas veces veo cruzar detrás de ella una chiquilina de largo pelo castaño. No sé quien es pero alguna vez logré ver su sonrisa. No te imaginas lo dulce que es esa nena. Me gustaría que la vieras, a lo mejor vos la conoces de la escuela.
Nada perdura. Me contaron que el arroyo de Las Garzas se secó hace años y nunca más volvió a tener agua ¿Será cierto? Yo no creo todo lo que dicen… hoy mejor me quedo en el sillón de la galería.
Me levanté más temblorosa que otros días y ni siquiera pude ponerme esto en la cabeza, aleteaba en mis manos hasta que se cayó.
Se lo ve tan blanco, tan triste en el suelo, tiene cosas escritas en punto cruz, pero yo no puedo agacharme y ni me acuerdo donde puse los lentes.
Si vuelve la nena del espejo le podría pedir que me ayude. Si vuelve…



JUSTO EN DICIEMBRE


Ese domingo de diciembre el calor se había vuelto sofocante, el aire parecía suspendido como una garra sobre las casas del  barrio. Geraldo y Joäo con sus mujeres y sus hijos se amontonaban en una sola pieza
Geraldo el mayor  era quien había conseguido el trabajo en la colocación de nuevas redes de cloacas en la hermosa ciudad carioca. Ambos se habían quedado sin nada, luego del desastre de las inundaciones en el nordeste. Como otras tantas veces, moverse había sido la condición para sobrevivir.
Los hermanos, se habían mantenido muy unidos. Geraldo alto fuerte musculoso, era como una especie de padre para el más joven.
Su carácter callado y reservado, lo hacía aparecer como poco demostrativo en los afectos. Sin embargo a partir de la muerte de los padres, cuando tenía 15 años, se había hecho cargo de  Joäo, cinco años menor.
Hoy con cuarenta años y quince de convivencia en pareja, llevaba la familia adelante, con una pobreza digna y orgullosa. María y sus cuatro hijos varones colaboraban para ganar el sustento diario. Su hermano menor nervioso,  inquieto, dependiente,  con un carácter bastante inestable, no se había alejado a pesar de formar su propia familia. Tereza, les había dado a todos  la alegría del nacimiento de una niña Tereziña, quien a punto de cumplir cinco años se ganaba diariamente los celos y amores de sus cuatro primos. Y los mimos y caricias  de sus tíos.
Teresa con un embarazo de mellizos casi a término, se había adaptado mal a Río de janeiro. En las últimas semanas apenas llegaba al baño, con dificultad. Ese día, los juegos de Tereziña y Luiz sobre su cama la ponían nerviosa, agravando el agotamiento propio de su estado
 Joäo no soportaba verla así, la hora del mediodía había pasado y el calor empeoraba.
 El joven parecía cambiado desde que estaban en la ciudad, se lo notaba irritable, exaltado hablaba más de lo habitual y tan rápido, que por momentos no se le entendía.
En  el trabajo tenía la fuerza y la resistencia de varios hombres, eso lo hacía muy valorado para el capataz. Pero  casi no dormía. Su hermano mayor lo escuchaba levantarse por las madrugadas y salir a las callejuelas, en algún momento creyó escucharlo rezar en voz alta. Pero no estaba seguro. La mudanza, el hacinamiento, el calor hacían que todo fuera más difícil. A lo mejor solo lo imaginaba.
Después de todo, el también a veces se despertaba sobresaltado por siniestras pesadillas de sangre, machetes y muerte.
_ ¿Y si nos vamos a la playa?_   La invitación de Joäo era para los varones de la casa. El mayor pensó que era buena idea dejar descansar a las mujeres de tanto alboroto. Disminuir un rato la tensión
_Lleva la nena Joäo_   dijo Tereza casi rogando, Geraldo miro a María con aire de duda _Si, vayan todos, así yo puedo traer agua y refrescar a Tereza, éste mes va a ser fatal para ella._
Tereziña sacudió sus rulos y abrazó su muñeca de paño dispuesta a la salida, buscando la mano del papá.
Su primo mayor se ofreció a llevarla a caballito, eso haría más fácil el descenso, desde la favela las escalinatas y callejuelas estrechas y empinadas desembocaban en la playa Lebión.
Muy pocos domingos se habían dado el gusto de mojar los pies en el mar. Geraldo se negaba a que sus muchachos fueran solos, ellos con edades que iban de los catorce a los ocho años,  no conocían aún los códigos y  reglas de esa gran ciudad.
Aún no tenían amigos y la época del año no había favorecido la inserción escolar. La favela, todavía desconocida podía ser peligrosa para sus hijos. El no daba demasiadas explicaciones, era un hombre fuerte y silencioso, que se hacía respetar en casa y en la calle. Siempre dispuesto a defender su familia, incluyendo a su hermano menor, su mujer y ese regalo del cielo que era Tereziña. Solo la nena lo divertía con sus continuas monerías.
Mientras bajaban a la playa, sonreía mirando a sus muchachos jugar con la prima. Su hermano menor venía detrás, en un momento lo miró, se dio cuenta que se persignaba repetidamente, murmurando algo tan bajito que apenas podía oírlo, le pareció escuchar” Bendita Lemanja”
 ¿Qué bicho lo había picado? Era esta ciudad desconocida seguro, ya se le pasaría.
En la playa los chicos se tiraron a jugar con las olas, llenos de vitalidad y alegría. Los adultos descalzos, se mojaron los pies. Geraldo se sentó con la muñeca y la ropa  en los brazos mientras  vigilaba.
A un costado con los pies hundidos en la arena blanca, Joäo comenzó a juntarla a puñados dejándola caer como una tibia lluvia sobre su cabeza, mientras cantaba, un extraño himno a Lemanja, por su rostro corrían lágrimas.
Cuando su hermano se dio cuenta, advertido por los niños, el joven ya estaba con el agua al cuello frente a las olas. Y aún así no dejaba de cantar. Por un segundo se perdió de vista. Todos gritaban llamándolo. Geraldo sin dudar se tiró al agua, gritando a sus hijos._ ¡Cuiden la nena!_
Mientras nadaba y dejaba de ver a su hermano,  no pudo evitar el recuerdo de su padre, a quien él menor se parecía tanto. Aquella noche en que machete en mano, obligó a su madre a correr hacia el barranco y abrazándola se dejo caer.
De nuevo la locura lo tocaba, pero ésta vez no iba a permitir entrar a la muerte de ninguna manera, se negaba a recibir a Omulu, no con Joäo, no con su único hermano. En un descenso de las olas pudo verlo flotando en brazos de una hermosa mujer de largos cabellos negros su manto celeste se confundía con el mar. Tuvo a la vez la duda y la certeza de su propia locura. Cerró los ojos y braceo con fuerza, lo alcanzó antes de que se hundiera. Con todas sus fuerzas nado hacia la orilla, increíblemente su hermano no solo vivía sino que cuando hicieron pie se paró fácilmente, mientras cantaba su salmo lleno de felicidad.
Cuando lo abrazó en la playa supo que rescatarlo había sido un milagro.
Los varones lloraban y reían temblando luego del susto. No importaba otra cosa que la felicidad de estar juntos. Joao seguía rezando, como un loco, ya verían como afrontar su enfermedad, pero estaba vivo ¡vivo!
Mientras tanto, la niña señalaba con su dedito mirando el mar. ¡Allá. Allá. La Señora!¡LA SEÑORA!
Los curiosos que se juntaron alrededor, dieron muchas versiones de lo que pasó, pero en lo único que coincidieron en realidad, fue en la descripción del más bello arco iris. Todos dijeron que nunca habían visto nada igual, que verlo fue como un regalo del cielo.



viernes, 16 de octubre de 2015

EN EL BOLSILLO DE LA LUNA

Oscuro remolino
desgastado telón máscara absurda
en los vientos de luces mortecinas
arenado escenario
donde estiran las manos los olvidos
los ruidos silenciosos de la caricia ausente
la que olvido las migas del regreso
en el ancho bolsillo
de las noches sin luna
la que supo sangrar
sus amapolas en la fiesta del fauno.



ARMANDO HISTORIAS


hagamos como si
                total el resultado
será solo un recorte
                             la muesca del relato
                             la ralladura apenas
 rejunte  después de la barrida
en la palita roja de los recuerdos turbios  
solo dos en un cuento de verdades
                                  con las mentiras justas
para dejar  historias
                                   para inventar los sueño

 para escribir legados inconclusos.

miércoles, 14 de octubre de 2015



EL NIÑO LUIS

 Tres días habían pasado, si se piensa bien no son tantos, pero a nosotros nos parecieron eternosSobre todo porque nada parecía aclararse. La figura del patrón se veía a contraluz en la parte alta de la casa.
Las luces no se habían apagado en ningún momento. Tampoco cesaba la música que taladraba los oídos de tanto repetirse.Desde abajo Madalena, el Braulio y yo. Rodeados por los peones. Esperábamos atentos, vaya a saber qué.A lo mejor un sonido, un estallido que nos sacudiera y aliviara nuestra preocupación.Cuando él se encerró dejándonos afuera me había dado cuenta de que la situación se volvía inmanejable. Y no era para menos.
Pobre el patrón.A su edad, pasar por esa angustia.La Madalena dice que ella se lo imaginaba. Pero la gente es así. Suele decir –Yo sabía- después que pasan las cosas.Yo la verdad que ni lo pensé. Me alegró mucho eso si cuando  compró el pura sangre. Era la oportunidad de reactivar el haras que se había venido abajo desde la muerte de la señora.

El patrón parecía haber perdido interés en los caballos. Pero el tiempo termina curando los dolores. Sobre todo cuando el niño Luis volvió de la universidad ese verano dispuesto a quedarse y compartir el manejo del establecimiento.
¡Cómo no íbamos a estar contentos!
Al niño Luis le gustaban mucho los caballos, pasaba días enteros en los galpones, los corrales o los boxes de las caballerizas. Paseaba por el campo alto y erguido, con su pelo largo y rubio al viento, montado en el Moro. Siempre con una sonrisa en los ojos profundos y azules. ¡Se parecía tanto a la señora!  La Madalena lo trataba como a un hijo  ya que había ayudado a criarlo.
Después de un tiempo, todo  pareció mejorar y el patrón ante la insistencia de su hijo decidió  renovar el plantel.
Y ahí empezó todo. Llegaron seis yeguas y un padrillo. El semental estaba sin domar. Dominaba con sus relinchos y su estampa, se lo veía  hermoso con su negro pelaje y un  lucero en la frente…
Ninguno de los peones se le animó.
El patrón pidió un domador a los García Unzueta en la Blanquita de Chivicoyo.
Y ellos se lo mandaron, a préstamo por seis meses.
El domador como el padrillo dominaba los corrales y los caballos, de a poco la peonada se le fue arrimando, para escuchar sus relatos y aventuras.
Hablaba bien el hombre, hasta las mujeres del servicio se le acercaban en aquellas noches tibias de principio del otoño. También el niño Luis claro.
A medida que avanzaba el invierno los dos jóvenes, se convertían en amigos inseparables. Daba gusto verlos competir en los aprontes de carrera al Lucifer (que así lo nombraron al padrillo) con el Moro del niño Luis, sin sacarse ni una nariz de ventaja.
O a los dos muchachos desafiarse en lucha libre, rodando envueltos en polvo en el corral chico. Los jóvenes músculos tensos y brillantes de transpiración.
A veces me parecían cachorros de tigre.
Pero las cosas buenas nunca duran. Y llego junio cuando el domador empezó sus preparativos para irse. El primero de julio el patrón lo llevó al pueblo, me pidió que lo acompañara por la niebla.
Cuando volvimos él  entró en la casa. Dicen las mujeres que en el comedor  puso un disco en el combinado y preguntó por el niño Luis mientras tomaba un café bien caliente. Nadie lo había visto, seguro que dormía porque todavía la puerta del cuarto estaba cerrada.
Después subió las escaleras. Cuando lo escuchamos gritar corrimos todos. El patrón temblaba con un papelito en la mano, un cuadradito mínimo sacado de un atado de cigarrillos escrito a lápiz.
La cama no había sido tocada.
Me alcanzó el papel murmurando palabras raras.
Ninguno de nosotros a pesar de leer  varias veces logró entender del todo la nota del niño Luis.
Igual no decía mucho.  Solo explicaba que se iba para no avergonzarlo. También decía que gracias al domador finalmente supo la verdad de su condición. Que lo perdonara pero que había cosas que no se pueden curar. y lo peor pedía que no lo buscara.
 El patrón bajó para servirse un vaso de ginebra y nos empujó a la galería. Cuando cerró puertas y ventanas del piso bajo me preocupé.
Pero hoy que ya pasaron tres días, y sigue encerrado pasando el mismo disco sin parar. Hoy voy a llamar al comisario y al doctor a ver qué dicen.
¡Pobre patrón! ¡Pasar por algo así! Sin sentido la nota, como para volverse loco mire. ¡Palabra de honor, como para volverse loco!
 


sábado, 3 de octubre de 2015


LA MONEDA ENCRIPTADA 


Mirá, es la misma moneda
                      se deslizó a tu mano
por aquellos errores que se suman
al rumbo endeble de los desesperados
                       carentes de destino.

                              Es la misma moneda
que encriptámos en la cintura de la risa.
rodando en los médanos tibios
                             de nuestro propio mar.
con las bocas mamando
                       en agónica estrella
donde el volcán esconde su roja lengua.

Giró ya tantas veces
                    de mi mano a la tuya
ida, vuelta y más ida
que se fueron perdiendo
                     los adagios
los versos del misterio,
la primaria existencia
                     de la escena.
Perdimos los milagros cotidianos
                      en la ropa extendida
y en la boca dentada del buzón que nos sueña
repitiendo el gas se vence el tres.

No debimos te digo
                             encriptar la moneda
sin clavar bajo la piel espinas rojas
y escribir juntos en el brillo en el agua
                             la contraseña exacta
que permita volver .




LAS BESTIAS DE LA NOCHE


En  las grises ciudades se apiñan las bestias de la noche

invitan al encierro con extraños sonidos

en cuevas superpuestas que se antojan seguras

sueñan los niños con bosques perfumados

con soles que filtran redondeles

como las veladuras de crisálidas

en  mapas de insondables  nervaduras

donde fluye la savia

en el amanecer de cada primavera

milagro desde el pie.

El hombre y la mujer duermen alertas

convinieron sus trabas sus llaves

sus rejas sus cadenas

temores a la noche intrincada

fetiche de las luces con olvido de estrellas.

allí “el otro” es peligro

amenazante, extraño, diferente
.
ellos sueñan temores inconclusos resabios de las hordas

en el tam tam del corazón acelerado
,
su sueño gira en  lanzas  de ritual

 arrancan ojos vivos en tizones

para calmar las furias y los daños.

Mientras duermen los niños

flotando en acolchada nube de hojas tiernas

sueñan con ser  partículas de rondas

viajan a la raíz  buscando

el centro de la tierra 

dejándose sorber por cada poro

hasta volverse brotes renovados en el margen sin sol de las ciudades.


viernes, 2 de octubre de 2015


 LA DESCONOCIDA


Era la última hora de la tarde y quedaba poca gente en la exposición.
Una mujer como clavada en la amplia puerta de la sala cuatro, parecía una estatua. Frente a ella, en la pared del fondo, se destacaba una naturaleza muerta. Parecía ser esa la razón de su inmovilidad. Curioso, me di vuelta y seguí la dirección de su mirada. Tuve una ambigua sensación de cambio de ritmo en el corazón; en la tela, donde jugaban con la luz todos los matices de ocre, creí ver un movimiento leve, un destello inusitado que parecía agitar el
 follaje muerto. Me di vuelta para mirarla a los ojos y noté que musitaba. Me acerque un poco, su voz era apenas audible, sus palabras eran suspiros que se quebraban en el aire. Seguía hipnotizada con el cuadro.
Se mueve....Se está moviendo....
Apenas se oía su voz. Volví la mirada al cuadro. Di unos pasos tratando de mejorar el foco. ¡No se vaya!... ¡No me deje!
 La voz me sobresaltó. Había algo inexplicable en ese llamado. Reforzando las palabras me tendió su mano izquierda. No lo había notado antes, su rostro irradiaba una luminosidad angustiante. Tendí también mi mano sin pensarlo y la tomó sin siquiera mirarme. Al contacto tuve una rara sensación de trance. Caminamos lentamente hacia el fondo del salón. El cuadro parecía agrandarse, no sólo por la cercanía, parecía agrandarse de otra forma. Creo que si no hubiese tenido su mano en la mía, tal vez me hubiese detenido, razonado. Pero no. Ante mis ojos, la pared desaparecía en la expansión móvil de los ocres. Creo que estábamos a unos dos metros del cuadro cuando sentí unas hojas rozándome la mejilla. Me apretó fuerte la mano. Quise mirarla pero, también yo, estaba fascinado, atrapado. De la mano de la desconocida, transpuse el portal de ese lánguido otoño. Juntos avanzamos en medio de remolinos de polvo y hojarasca.
Por unos segundos nos nublaron la vista. De no ser así, seguramente hubiésemos visto el borde, o al menos escuchado el sonido de las olas rompiendo en las rocas, allá abajo.
En la caída interminable tuve la clara sensación de que en mi mano derecha se deshacía una hoja seca.



LOS FUNERALES DE LA ESPERA


cuando mueren los silencios
 abrigándose al roce del  abrazo
 y  reposa el guerrero inexpugnable
                                                con sus ojos perdidos
siento tu aliento  gris
                                               sobre mis manos.
es allí donde
                                advierto mi ceguera
ese buscar inútil esperanzas
y me quedo sin luz
                                        aunque la noche
escape  acorralada hacia el oeste
donde velan al sol
                                        las desesperaciones

 de ese amor adeudado.


BARRANCA DE LOS LOBOS

Guardó en una caja de zapatos todas  las rimas, cruzó la sala sin mirarse en los espejos, sin percibir olores, ni luces, ni recuerdos, ni el polvo que flotaba brillante.
Sentía como un raro sortilegio manejando su ritmo, caminó hacia el lugar elegido hacía tiempo, allí se irguió de frente, la mirada al poniente, la sonrisa gastada, la cabeza orgullosa, el gesto altivo, la palabra callada en la garganta.
Lista para la entrega, expectante creyó verlo llegar cuando la brisa le acarició la cara.

Esperó que el sol terminara de penetrar el mar estallando su gama de naranjas y rosas después simple, largamente deseado llegó el momento exacto, inevitable.

jueves, 1 de octubre de 2015

LOS MARES.

Naufragio de las almas 
        los relojes 
                      ahogaron
su compás de dos tiempos
en salino colchón.

Se fueron a dormir
                  cabellos suaves
en las algas hiladas
                        infinitas.

Y la mar fue respuesta
                    cuna y lecho
en el momento  en que alzó
                                   su vuelo    
                   la última gaviota
ebria de voces en su propia garganta.


UNICORNIOS DE INFANCIA


No sé cuando llegaste
                               con tu manto sesgado lluvia tibia
unicornios de infancia
                                   juntas amamos el inicio del juego

descubrí de tu mano el olor de tus gotas
                                    mezcla de lodazales
todo un mundo de sueños
                                     resbalón en el barro

 sé que bebí temprano de los duendes
 jugando en humedales el deseo
 de un tiempo que parió con dolor
               adolescencia
ese lugar con preguntas insondables
       apertura
                                        corolas
 con hambre de semillas
 franqueo al paraíso con pájaros 
                  danzantes
pura fiesta de lluvia de la mano de otro
                    milagrero
hundiéndose en el pelo
                                     con los anchos vapores
                                                                      y las risas

Segundos de la lluvia
                                   que hoy me duelen
                         ausencias
dulcísimo añorar de las desoladas
                        mariposas.



LA RUECA DE LOS SUEÑOS


Apretar la plena mordedura
en el cirio vacante de tu vientre
                                      purgar para cruzar la estela
de un cometa sin luz
estallar la amenaza de la sombra
                                       en la rueca de un sueño
abrir a pico las heridas de la furia
larga empresa imposible
cruzar ese desorden en los puentes
                                          de plomo
vagar en esos tramos el camino
de un extraño solar
donde un reloj de arena desgrana
convocante
                                                  su llamado su grito
su evocación de plumas
ocultando las puertas del infierno
esas que nos devoran

                                          sin candados


VIAJAR EN EL TIEMPO



Si sabía buscar, si ponía el alma en eso, estaba casi seguro de lograrlo. Todo había sido demasiado duro, arbitrario, loco, un mínimo movimiento cósmico que bruscamente pone el mundo al revés, conmoviendo hasta las fibras más profundas.
Fue como si las hojas de almanaque se desprendieran aspiradas dentro de un embudo gigantesco que en sus remolinos remedara las series sobre el túnel del tiempo.
 ¿Cómo puedo explicar lo que no comprendo? ¿Cómo pensar que nosotros, con la felicidad de nuestra unión y nuestros jóvenes veinte años, no alcanzábamos a diferenciar claramente  la realidad interna de la externa?
Desde el nacimiento de la bebé, vivíamos una especie de éxtasis. Más allá de nuestros diarios compromisos, que no dejábamos de cumplir, disfrutábamos de ese maravilloso regalo del cielo que era nuestra hija. Dios parecía haber acomodado las piezas del rompecabezas; todo adquiría un sentido claro, nuestra lucha, nuestra meta, nuestra proyección de futuro. Ella había iluminado nuestras vidas. Ya habían pasado seis meses y sus sonrisas, sus balbuceos, eran nuestro alimento diario para seguir adelante, por ella, por otros, por la vida que llevaría felicidad a todos.
Me dijeron después que si hubiésemos llegado cinco minutos antes, hubiésemos alcanzado a salir. Sólo cinco minutos ¿Qué son cinco minutos en la vida de cualquiera? Nada. Cinco giros de la aguja grande del reloj, trescientos cincuenta latidos del corazón, el tiempo de un beso cuando nos conocimos, cinco minutos, nada.
Sólo fueron fogonazos, el sonido de los disparos, un apretar el acelerador alocadamente mientras una sensación de electricidad me recorría el hombro y el brazo derecho. Vos la llevabas en el porta bebé apoyada contra tu pecho. Dos cuadras antes decidiste (siempre decidías) “Bajo yo. Vos mantené el jeep en marcha, la entrega es chica y no pesa nada. Yo hago más rápido” Nunca supe decirte que no. Me habías demostrado en éstos dos años que de una forma u otra siempre tenías razón. Además, era tocar timbre, dejar el paquete e irnos.
Por el retrovisor te ví tocando el timbre frente a la puertita de madera que daba al jardín. Me pareció entrever un bulto en el techo y enseguida el fogonazo, el estruendo. Te tambaleaste y saliste como empujada hacia atrás. Alcancé a ver la mantilla que se ponía roja y aceleré. Si, aceleré. No podía hacer otra cosa, no podía caer vivo, muchas vidas dependían de mí y el balazo no pudo frenarme. Como un hijo de puta, las dejé solas, tiradas ahí.
Ahora que estoy en esta cabañita en la isla, ahora que se han curado mis heridas físicas y ellos tienen planificado mi viaje a Suecia, me doy cuenta: si me esfuerzo lo suficiente, si pongo el alma en ello, voy a volver a encontrarlas.
Será esta noche.
Ellos no saben, sigo teniendo la pastilla.



martes, 29 de septiembre de 2015

SU VOZ EN LA DISTANCIA


Conoceré su voz en la distancia cuando la noche dude

anclaré mi barcaza  al muelle de sus ojos

 arrastraré  hasta allí mis madreperlas

Cantaré sobre el mar para invocar el nombre

de palomas perdidas

Sufriré en la entrañas el desgarro

que anuncia  la tormenta

para poder partir desde

lo luminoso de su sombra

hacia aquella añorada transparencia.



 

Dicen que me vieron caminar descalza, dicen que llevaba puesto algo naranja, más como telas sueltas que vestidos, dicen que camine sin ver, que trepe grácilmente hasta los rieles, que camine de frente al sol, que mi pelo voló levemente con la brisa, largo y sedoso, suelto en el  brillo de la mañana.
Dicen que hubo gritos, carreras inútiles, bocinazos, cuando cruce el viejo puente donde se abre la avenida.
Dicen que una nena dijo en su alegre media lengua
- Mira, mira, MAMÁ...lleva globos de colores, Mamá mira...-
Pero nadie le presto atención. Por aquello que dicen sobre la mirada de los niños. Que nunca fue importante.
Creo que llevaba en mis brazos mi viejo muñeco, creo que la sensación de liviandad era fantástica, que los globos eran tantos que su tironeo me hacia cosquillas desde las mano al pie, como una leve corriente vivificante. Que el silbato del tren fue tan fuerte que una vieja inmigrante, con la cabeza llena de sonidos e imágenes juró que era la sirena de un barco.
Creo que tenía razón, aunque no escuchara la despedida de la nave, si podía percibir claramente el ronroneo del mar a mi espalda, el claro rumor de las olas acercándose. Percibía el olor salobre, el maravilloso deseo de dejar que el agua penetrara cada poro exaltado de mi cuerpo.
Dicen que parecía feliz, luminosa, liviana.
Dicen. Dicen solamente lo que pueden, solo la niña y la vieja vieron vibrar iridiscentes los globos ante el avance del mar... Solo ellas desfrutaron del vuelo de millones de gotas explotando con infinitos arco iris, solo ellas pudieron escuchar mis cánticos de absoluta felicidad, solo ellas apreciaron el vuelo fantástico. Solo ellas disfrutaron a pleno cuando el golpe del mar me elevó hacia un infinito desconocido.

Los demás, todos y cada uno, solo vieron el débil cuerpo doblarse bajo la locomotora con un último reflejo naranja.