martes, 29 de septiembre de 2015

Dicen que me vieron caminar descalza, dicen que llevaba puesto algo naranja, más como telas sueltas que vestidos, dicen que camine sin ver, que trepe grácilmente hasta los rieles, que camine de frente al sol, que mi pelo voló levemente con la brisa, largo y sedoso, suelto en el  brillo de la mañana.
Dicen que hubo gritos, carreras inútiles, bocinazos, cuando cruce el viejo puente donde se abre la avenida.
Dicen que una nena dijo en su alegre media lengua
- Mira, mira, MAMÁ...lleva globos de colores, Mamá mira...-
Pero nadie le presto atención. Por aquello que dicen sobre la mirada de los niños. Que nunca fue importante.
Creo que llevaba en mis brazos mi viejo muñeco, creo que la sensación de liviandad era fantástica, que los globos eran tantos que su tironeo me hacia cosquillas desde las mano al pie, como una leve corriente vivificante. Que el silbato del tren fue tan fuerte que una vieja inmigrante, con la cabeza llena de sonidos e imágenes juró que era la sirena de un barco.
Creo que tenía razón, aunque no escuchara la despedida de la nave, si podía percibir claramente el ronroneo del mar a mi espalda, el claro rumor de las olas acercándose. Percibía el olor salobre, el maravilloso deseo de dejar que el agua penetrara cada poro exaltado de mi cuerpo.
Dicen que parecía feliz, luminosa, liviana.
Dicen. Dicen solamente lo que pueden, solo la niña y la vieja vieron vibrar iridiscentes los globos ante el avance del mar... Solo ellas desfrutaron del vuelo de millones de gotas explotando con infinitos arco iris, solo ellas pudieron escuchar mis cánticos de absoluta felicidad, solo ellas apreciaron el vuelo fantástico. Solo ellas disfrutaron a pleno cuando el golpe del mar me elevó hacia un infinito desconocido.

Los demás, todos y cada uno, solo vieron el débil cuerpo doblarse bajo la locomotora con un último reflejo naranja.  

No hay comentarios:

Publicar un comentario