EL VIEJO ENTROITO EPIFONÉMICO...
Al iniciarse los años sesenta las
jovencitas, librábamos una ardua batalla para atravesar ese complicado período,
siempre difícil, ya sea porque las hormonas te quedan grandes o el cuerpo es
aún pequeño para contener tantos cambios o porque el tiempo te queda chico de
sisa para leer tanto poema de amor y tanta novela que TO-DA-VIA NO ES PA-RA
VOS. O el ruedo de la pollera al bies campana plato te chinga un poco justo en
la ilusión virginal del soñado vestido de novia.
Algunas (pocas en realidad) por
llevar la contra a todos, cedían a proponer la tentación, de la que ni el
padrenuestro te salva.
Y digo proponer, ya que el peligro de
caer en la tentación lo producen las mujeres claro está, obligando a pobres
niños inocentes a ser llevados de las narices, como perritos alzados.
Ya sabemos lo que dice el Génesis,
que si no fuera por Eva aún viviríamos en el maravilloso Paraíso abundante en
desconocimiento, pero pleno de felicidad eterna y así fue, que por nuestra
culpa nuestra grandísima culpa, se llegó posteriormente, a todas las atrocidades
que cometieron los hombres que accionaron con violencia como resultado de la
pérdida de la felicidad, de la ignorancia y la estupidez.
Bien, pero eso es otra historia mucho
más larga y complicada.
Decía que las jovencitas de ese
tiempo, usábamos para la escuela unos femeninos guardapolvos con tablitas bien
planchadas y un gran moño. Nunca me quedo claro si el moño era símbolo de femineidad
o una distracción visual para la parte posterior, que nos cubría hasta las
rodillas pudorosas envuelta en la gruesa lycra azul de las recién llegadas a
Argentina, medias Lolita. Eso se producía en el momento justo en que se dejaba
atrás, los Gomi Cuer modelo guillermina y las medias Carlitos, por los adolescentes mocasines.
El pelo (ese adorno pecaminoso) que llevábamos
hasta la cintura, y que suelto, nos generaban sensaciones voluptuosas, se
llevaba recogido, en una cola o trenza
que nuestro compañero del pupitre trasero se ocupaba de meter en el tintero,
generando furias y salpicaduras varias.
En ese momento no sabíamos mucho de
Freud, sino el chiste hubiese dado para jugosas interpretaciones.
Contaba entonces, que las niñas
dueñas de las recién nacidas redondeces, teníamos un capítulo aparte el
domingo, la esperada misa de once. Allí concurríamos cubriéndonos con hermosas
mantillas de tul o encaje, según la capacidad adquisitiva de cada familia.
La mía, producto del aluvión
zoológico del 46, era de un modesto tul con un bordecito de flores me parece
que bordadas si no me falla la memoria.
Claro que la memoria fallida a ésta
edad es tan común que podría asegurar que a lo mejor estoy contando otra
historia que no es la mía, sino la de otra chica que en los años sesenta se
sentía tan hermosa y pura como la Virgen María, bajo el tul inmaculado, que
hasta soñaba con ser monja y se imaginaba tan espigada, blanca y rubia como las
chicas de enfrente.
Allí se reunían todos los jóvenes que
podían caer bajo nuestra tentación. Lo que finalmente nos alejaba del convento
vencido por la incipiente fuerza de los óvulos que convertían nuestro humor en
un continuo subibaja, confirmando eso de que las mujeres somos
insoportablemente cambiantes, característica propia de nuestra capacidad innata
de adaptarnos a todo para sobrevivir, a parejas, maridos hijos, trabajos y a
los desbocados “excesos de pensamiento” que gestados en los sesenta parimos en
los setenta, década que como todos sabemos marcó a éste país para siempre.
De eso también podríamos hablar largo
y tendido, discutir, criticar, despotricar, pero como es lógico si estamos en
los sesenta aún ni imaginábamos que leer y pensar tanto , nos llevaría a lo que
nos llevó.
En esos hermosos años, las niñas habíamos
aprendido corte y confección, crochet, tejido a dos agujas, inglés, francés,
piano o guitarra, mientras nuestras madres nos convencían que estudiar era el
mejor camino a seguir, porque eso te daba independencia.¡ Madres!¡ Madres!¡
Mujeres con ideas subversivas! ¡Eso eran, mira que meternos esas cosas en la
cabeza!
¡Cuanto más fácil hubiese sido seguir
las consignas del libro UPA!
Pero ... ¿de qué hablábamos?
Ah sí, ya me acordé.
Del despertar a la vida de las
adolescentes de los años sesenta. De la tentación de los ángeles.
De nuestra responsabilidad ante la pérdida
del Paraíso de todos los hombres de la tierra.
Víctimas inocentes, por lo que merecemos el
purificante fuego de los volcanes eternos, para siempre-nunca-jamás. Eternos
como el deseo y la pasión, con la que llenamos nuestras vidas agujereadas, en
ésta bendita Babel cotidiana.
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