sábado, 26 de septiembre de 2015

CAMA ADENTRO


Ellos me dijeron que no soy como los demás, eso no es bueno, dijeron. Por eso me mandaron acá. Peligrosa dijeron, enferma inestable. Me parece que querían decir loca pero no se animaban. Ahora que llegué uste me hace preguntas. Nunca estuve en un lugar así. A mi me recomendaron que le conteste todo, puede preguntar nomás, si yo sé, le contesto. ¿Lejos de mi familia? Sí. Desde los catorce no los veo, pero estoy acostumbrada. Allá en Misiones nos mandan jovencitas a trabajar a Buenos Aires. Yo con los señores estuve hasta hace poco ¿Qué cuantos años tengo? La patrona decía que cumplo 28, en noviembre ¿Si leo y escribo? No, no, solo mi nombre. Juana Gorosito. Allá en el monte no íbamos a la escuela porque había mucho para hacer, soy la mayor ¿vió?... ¿Contar? ¿Y qué quiere que le cuente? Acá no aprendí a leer, no. Mi nombre me lo enseño la Señora. A mí me costó mucho aprender las cosas de la casa, muy mucho. Nunca había visto una casa así, con pisos y baños y canillas para brillar. La patrona me tuvo que enseñar todo, pero soy dura yo, no entendía bien, con tantos trapos y botellitas para hacer la limpieza… A la final la Señora se ponía nerviosa y me decía que era lenta, tonta me decía. ¿Si me pegaba? Y sí, al principio sí. Algún coscorrón… y no era para menos ¡Si yo para aprender era una piedra! ¿Que iba a hacer la pobre, no? Tardé como un año en hacer las cosas más o menos bien. A la escuela no, no me mandaron. El señor le decía que mandarme era al cuete (lo decía con otra palabra que no me acuerdo), que era para hacerse mala sangre. Y capaz que tenía razón, el señor siempre sabía lo que decía. El era muy serio, no se le podía llevar la contraria ¡Pero con la nena, sí que me encariñé yo! Si viera que regalona era conmigo. Me hacía acordar a mi hermanita la Carmen. Cuando yo llegué ya tenía seis años. La cuidaba, la peinaba, la vestía para la escuela. Era muy bonita, aunque no se parecía mucho a los señores, ellos eran rubiones, más la señora, que tenía la piel trasparente, como las tacitas del té. Después que cumplió los quince, empezaron los problemas. Fue cuando se enfermó la nena y los señores se volvieron locos. La Clarita se puso flaca, vomitaba, tenía fiebre y ni comía. Nada le gustaba, ni dulce ni salado. Entraba y salía del sanatorio y cada vez peor y peor. Dormía todo el día. La señora lloraba y rezaba, el señor se enfurecía y decía que era un castigo de Dios. Uste no me va a creer pero hasta el pelo se le cayó. La casa se fue volviendo oscura y silenciosa. Hasta que a la final, un día, no se despertó. Y los señores se quedaron mudos, sin llorar ni nada, duros como estatuas… Ahí fue cuando la empecé a escuchar a la nena ¿Qué si la veía? No, no. Ella me hablaba al oído “Juana (me decía) mamá y papá sufren mucho”. Desde ese día la escuchaba a toda hora. Si hasta me lloraba para que hiciera algo. “Ellos sufren Juana, no pueden vivir así”. “Ellos quieren estar conmigo ¿no ves que parecen almas en pena? Y yo estoy tan sola, Juana” “¿Cómo van a vivir con ese dolor? Yo también los necesito Juana, no quiero que sufran más” La escuchaba día y noche vea, ya ni dormía. La casa parecía una tumba fría y oscura. Y Clarita dele decirme “Mirá como sufren Juana y yo estoy tan sola, no los dejes sufrir más” ¿Y yo, que iba a hacer? Le quería demasiado a la nena. Por eso esperé que se durmieran por los remedios y subí con la hachuela, mientras Clarita me decía al oído “Qué no sufran más Juana” ¡Mi pobre niña! Ahora ellos están juntos y yo estoy tranquila acá. Lo más tranquila.

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