CASTILLOS DE ARENA
Los
Hombres de Hielo vendrían alguna madrugada, atraídos por nuestros cánticos. Tenía
que suceder. Hoy, mañana. Nosotros no podíamos dejar de cantar y ellos no
podían liberarse de la atracción que producían nuestras gargantas. Las
canciones llevadas por el viento eran nuestra riqueza y la futura ruina.
Los
dos pueblos teníamos el mismo origen, claro está, aunque perteneciéramos a
ciudades antagónicas y distantes.
Luego
del cataclismo, cada grupo humano sobreviviente debió adaptarse al ambiente. Ellos
al hielo, nosotros al desierto. Nos separaban, o tal vez nos unían, extraños
puentes moldeados por los movimientos geológicos. Las tres franjas, la volcánica, la selvática y la
marítima, se repetían simétricas, como meridianos alrededor de la tierra.
Nuestra
ciudad, construida con arena, tenía un extraño encanto. Las callejuelas crujían
suavemente bajo nuestros pies. Cada bloque de viviendas podría haberse visto,
desde el cielo, como los castillos que antiguamente construían los niños,
jugando en la playa. Pero ya no había aviones, ni globos, ni pájaros que
pudieran verla desde el aire. Solo un cielo límpido y claro cubría las torres,
las escaleras y los muros, recortándolas con precisión.
De la selva prohibida apenas tomábamos los frutos indispensables y el agua dulce. Era una inexpugnable muralla de árboles que se levantaba a unos pocos kilómetros de la ciudad. Internarse en ella significaba desaparecer, todos lo sabían.
De la selva prohibida apenas tomábamos los frutos indispensables y el agua dulce. Era una inexpugnable muralla de árboles que se levantaba a unos pocos kilómetros de la ciudad. Internarse en ella significaba desaparecer, todos lo sabían.
La
ciudad se fue erigiendo cerca del mar. Cavamos canales profundos, a fin de acercar el agua necesaria
para unir la arena. No teníamos otros elementos a nuestro alcance. Como dije,
de la selva nos estaba prohibido tomar otra cosa que el alimento básico.
Nuestra
ciudad no era muy grande. O sí, según la hora del día. Su tamaño dependía de
las mareas. Por eso la llamábamos Ilusoria, ya que era reconstruida día a día. Cada
movimiento del mar, con los años más y más errático, nos afectaba, a veces de
manera catastrófica. Había mareas extraordinarias y días en los que uno podía
jurar que el mar jamás había existido. A veces el agua inundaba los canales y
se llevaba buena parte de las construcciones. Por eso los niños, que cada vez
eran menos, dormían lo más lejos posible de los canales, en el corazón de la
ciudad. Aún así, cuando Ilusoria hacía plena gala de su nombre, las mareas más
altas los buscaban para llevárselos y eran salvados por las mujeres, que vigilaban
sin dormir; tenían esa rara habilidad que los hombres no lográbamos comprender.
A lo mejor porque estábamos demasiado ocupados reconstruyendo y cantándole a La Tierra para que obrara el
milagro de una ciudad eternamente en pie. Las mujeres, en cambio, cantaban
otras letras, con otros sonidos que rebotaban en la arena. Sus cantos, breves y
melancólicos, alababan La
Tierra , pidiendo protección para los niños, pidiendo que
crecieran fuertes para poder construir o sabios para vigilar. Ya casi no había
niños nuevos. Nadie tenía tiempo de amar.
Todos
sabíamos que cuando los Hombres de Hielo cruzaran los puentes de lava, sería el
final. Ilusoria no lograría resistir semejante migración. Caminarían nuestras
calles de arena tibia, subirían las escaleras recién terminadas y nos
encontrarían subidos a las torres más altas, reforzando las frágiles almenas. Nos
saludarían y se pondrían a hablar de su travesía, de su mundo de hielo, de lo
amable de la arena tibia y, según los viejos sabios, generarían discusiones que
nos harían olvidar nuestra función de reconstruir. Todo entonces sería inútil. La
menor distracción nos volvería presa de las mareas y ya nadie levantaría la
ciudad.
Pero
evitarlo era imposible. Las voces de Ilusoria eran las voces del Sol, el canto
hipnótico de una promesa cálida y acogedora.
Vendrán
sin imaginar que nuestra ciudad es una tramposa formación de múltiples
castillos de arena, esperando el momento exacto del olvido.
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