viernes, 25 de septiembre de 2015

                                         CASTILLOS DE ARENA


Los Hombres de Hielo vendrían alguna madrugada, atraídos por nuestros cánticos. Tenía que suceder. Hoy, mañana. Nosotros no podíamos dejar de cantar y ellos no podían liberarse de la atracción que producían nuestras gargantas. Las canciones llevadas por el viento eran nuestra riqueza y la futura ruina.
Los dos pueblos teníamos el mismo origen, claro está, aunque perteneciéramos a ciudades  antagónicas y distantes.
Luego del cataclismo, cada grupo humano sobreviviente debió adaptarse al ambiente. Ellos al hielo, nosotros al desierto. Nos separaban, o tal vez nos unían, extraños puentes moldeados por los movimientos geológicos. Las  tres franjas, la volcánica, la selvática y la marítima, se repetían simétricas, como meridianos alrededor de la tierra.
Nuestra ciudad, construida con arena, tenía un extraño encanto. Las callejuelas crujían suavemente bajo nuestros pies. Cada bloque de viviendas podría haberse visto, desde el cielo, como los castillos que antiguamente construían los niños, jugando en la playa. Pero ya no había aviones, ni globos, ni pájaros que pudieran verla desde el aire. Solo un cielo límpido y claro cubría las torres, las escaleras y los muros, recortándolas con precisión.
De la selva prohibida apenas tomábamos los frutos indispensables y el agua dulce. Era una inexpugnable muralla de árboles que se levantaba a unos pocos kilómetros de la ciudad. Internarse en ella significaba desaparecer, todos lo sabían.
La ciudad se fue erigiendo cerca del mar. Cavamos canales  profundos, a fin de acercar el agua necesaria para unir la arena. No teníamos otros elementos a nuestro alcance. Como dije, de la selva nos estaba prohibido tomar otra cosa que el alimento básico. 
Nuestra ciudad no era muy grande. O sí, según la hora del día. Su tamaño dependía de las mareas. Por eso la llamábamos Ilusoria, ya que era reconstruida día a día. Cada movimiento del mar, con los años más y más errático, nos afectaba, a veces de manera catastrófica. Había mareas extraordinarias y días en los que uno podía jurar que el mar jamás había existido. A veces el agua inundaba los canales y se llevaba buena parte de las construcciones. Por eso los niños, que cada vez eran menos, dormían lo más lejos posible de los canales, en el corazón de la ciudad. Aún así, cuando Ilusoria hacía plena gala de su nombre, las mareas más altas los buscaban para llevárselos y eran salvados por las mujeres, que vigilaban sin dormir; tenían esa rara habilidad que los hombres no lográbamos comprender. A lo mejor porque estábamos demasiado ocupados reconstruyendo y cantándole a La Tierra para que obrara el milagro de una ciudad eternamente en pie. Las mujeres, en cambio, cantaban otras letras, con otros sonidos que rebotaban en la arena. Sus cantos, breves y melancólicos, alababan La Tierra, pidiendo protección para los niños, pidiendo que crecieran fuertes para poder construir o sabios para vigilar. Ya casi no había niños nuevos. Nadie tenía tiempo de amar.
Todos sabíamos que cuando los Hombres de Hielo cruzaran los puentes de lava, sería el final. Ilusoria no lograría resistir semejante migración. Caminarían nuestras calles de arena tibia, subirían las escaleras recién terminadas y nos encontrarían subidos a las torres más altas, reforzando las frágiles almenas. Nos saludarían y se pondrían a hablar de su travesía, de su mundo de hielo, de lo amable de la arena tibia y, según los viejos sabios, generarían discusiones que nos harían olvidar nuestra función de reconstruir. Todo entonces sería inútil. La menor distracción nos volvería presa de las mareas y ya nadie levantaría la ciudad.
Pero evitarlo era imposible. Las voces de Ilusoria eran las voces del Sol, el canto hipnótico de una promesa cálida y acogedora.
Vendrán sin imaginar que nuestra ciudad es una tramposa formación de múltiples castillos de arena, esperando el momento exacto del olvido.


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