viernes, 25 de septiembre de 2015


EL CORAZON DE MAMÁ.


Siempre se repetían a intervalos regulares, aún hoy aparecen, cuando mi nieta mayor está esperando su primer hijo, creo que empezaron cuando tenía  más o menos ocho años. Fue en el tiempo en que llevaron a mamá al Hospital, donde ni siquiera podíamos visitarla.
 Tía Renata que se encargaba de cuidarnos, decía que no permitían niños en el lugar, mi hermano Gerardo cuatro años mayor, aseguraba que eso no era cierto. El recordaba claramente la internación de papá después del accidente, de eso hacía ya casi tres años. Él me contaba de las blancas camas de hospital, que describía a la perfección, eran de hierro pintadas de un blanco impecable, las monjitas se enorgullecían de la blancura de las sábanas y de las colchas, hechas con una tela de nidito de abejas.
 Cuando la tía apagaba la luz de mi cuarto, no podía dejar de pensar en mamá y su cama de Hospital. Fue entonces cuando aparecieron los sueños.
 La primera vez la soñé hermosa, corriendo por la playa donde pasábamos las vacaciones de verano,  tenía el pelo suelto, largo hasta la cintura y un camisón lila que se complementaba con la coloratura del mar al atardecer, donde hasta la arena parecía destellar en naranja.  ¡Se la veía tan sana! Sin embargo allí estaba la cama blanca impecable .En mi sueño yo sobrevolaba sobre ella, en un giro, entendí porque se la veía tan bien. Su corazón enfermo, había quedado en un vaso sobre la blancura de la colcha. Me desperté gritando y empapada, ese día no pudieron mandarme a la escuela. Creo que tuve fiebre. Preguntaba una y otra vez, como podía estar tan bien mamá sin su corazón.
Gerardo era uno de esos  hermanos que pasaba de los más hermosos relatos, a los más aterradores que se puedan imaginar.  Sentía por mí esa especie de amor odio que hace de la unión fraterna el más delicioso suplicio infantil. El convertía a mamá en un hada o un fantasma según lo que se le ocurriera en sus historias. Yo terminaba temblando en mi cama, llorando a veces, sonriendo otras o creyendo que por la mañana mamá me despertaría. En mi sueño la veía salir de su  cama de enferma dejando en su lugar  una bella rosa roja,  los sueños se mezclaban con los relatos de mi hermano, mis  abundantes fantasías  y los fragmentos de la realidad. Pero mamá no volvía y el tiempo era inexplicablemente largo.
 Otra noche  soñé nuevamente con mamá, no, en realidad no fue exactamente así. Vi su cama, esa recurrente y solitaria cama de hospital, estaba sobre una prado con flores de colores, creo que Gerardo y yo corríamos y dábamos vuelta carnero  sobre las flores, a riesgo de rompernos la cabeza, me parece que queríamos llamar la atención de mamá a toda costa, sabíamos que estaba cerca, pero no se dejaba ver. Algunas veces ese lugar nos tranquilizaba, su corazón estaba sano, podíamos verlo casi, rojo, hermosísimo, latiendo en un compás perfecto DUM- LOP. DUM- LOP. Otras veíamos casi marchita una rosa roja, deshojándose sobre la cama helada, sin sonido, sin reloj, sin esperanza.
 Alternaban sueños buenos con sueños malos. Pero el tiempo seguía pasando. Un viernes, mi tía nos dijo que el domingo podríamos ir al hospital a verla. Eso era lo más maravilloso que nos había sucedido en mucho tiempo. Soñé esa noche que mamá, me compraba un inmenso globo rojo, un globo tan brillante que todos los niños envidiaban.  A pesar de eso el globo tenía mucha tendencia a fugarse por lo que le puse un largo hilo rojo. Que no impidió su escape. Volaba increíblemente alto hasta las nubes, más allá de la cama blanca de hospital que también tenía la habilidad de escapar, al menos en mi sueño.
Qué bueno era verlo perderse entre las nubes, en el mejor día de mi vida, mientras yo apoyaba mi oído en el pecho de mamá para escuchar embelesada ese sonido perfecto DUM- LOP. DUM- LOP!



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