LOS ACANTILADOS
Ahora que veo toda la situación, alejada por treinta años de
distancia, los recuerdos vuelven a mi casi borrosos, pero con cada recorte acentuado por una
coloratura intensa. Retazos de memoria, una mirada, un olor, un crujido en la
madera, voces, gritos.
Muchas veces pensé que todo había sido un sueño, un error de
esos que a veces nos juegan las noches solitarias. Un invento que la fantasía
infantil acariciaba con un único fin, ser especial, diferente.
Papá me contó tantas veces como sucedió todo. Su relato,
siempre repetido con los mismos detalles, no coincidía con mis recuerdos.
Las tías lo enriquecían, hablaban del comienzo del problema,
detallaban de la vida de mamá, el comienzo de la enfermedad a los quince años,
el primer síntoma.
Los abuelos se asustaron mucho, hubo médicos, estudios,
interconsultas, internaciones.
Las tías decían que siempre había sido muy delicada, muy
frágil, muy sensible a todo tipo de complicaciones.
Ese año mamá abandonó la escuela, costó mucho estabilizarla,
tía Ana decía que siguió estudiando en casa, según cuentan parece que todo
había sido muy complicado.
Yo tenía cuatro años cuando sucedió. De ella recuerdo
claramente su largo pelo oscuro y las manos pequeñas trenzándolo, recuerdo los
largos días en que mis juegos se limitaban a su habitación de la que ella no
salía.
–Mamita está enferma-
decían las tías para llevarme al sol del patio. Sé que nunca quería alejarme,
tal vez porque los niños tienen una mayor percepción que los adultos.
Aprovechaba cada minuto en los que su
“corazón” le permitía estar conmigo.
A veces ella mejoraba, podía cantar y reír y bailar, eran
los mejores momentos, pero no duraban casi sin que me diera cuenta ella dejaba
la casa.
Papá decía que había empeorado, que la habían internado, que
su corazón era muy débil.
Me contaba cómo se
habían conocido, cuando tía Ana se puso de novia, él era compañero de estudios
del tío Jorge.
Fue en una cita de
los tíos, papá decía que ella era una mujer bellísima, que de inmediato sintió
que iban a estar juntos para siempre.
Cuando ella lo aceptó, tuvieron que luchar con los abuelos
que no querían que ella se casara, por su corazón.
Le dieron a papá mil razones pero ellos decidieron correr el
riesgo, se casaron cuando él se recibió.
Todo fue riesgoso inclusive el embarazo. Y así nací yo, a
pesar de todos los malos presagios.
Recuerdo muy bien el último día de mamá. Estuvo muchas horas
en la mecedora del living con las ventanas cerradas, me llamó para peinarme,
creo que tarareaba una canción mientras armaba mi trenza cosida que remataba
con un moño. Me mandó al patio.
Jugaba con mis muñecas cuando escuche crujir la madera del
piso de su habitación, después el ruido del agua en el baño. A ella le gustaban
los baños de inmersión.
Papá cuenta que allí tuvo el infarto, que al perder el
conocimiento se deslizó en el agua, que la encontraron enseguida pero que todo
fue inútil, por su frágil corazón que estaba definitivamente roto.
Yo insistía con otra cosa, yo había visto a mamá en la
bañera. Cuando tía Ana llegó, yo estaba en el baño, la seguí cuando escuche el
agua, desde un rincón la vi con una hoja de afeitar en la mano, cuando las
muñecas sangraron canturreaba, el agua se volvió roja, roja, tenía un olor
extraño (ahí supe que la sangre tiene un olor especia).
Papá me dice aún hoy que todo lo que vi no ocurrió así, que
fue un sueño. El no entiende porque durante toda mi infancia les conté esa versión
a las maestras, pero dice que no es raro que los niños agraven las cosas para
llamar la atención, luego de una pérdida semejante.
Hoy después de treinta años, estoy totalmente segura de las
mentiras de papá, ella no murió de un infarto. Lo sé porque mi vida ha sido una sucesión de
altibajos pasionales y tormentosos, en los que tuve escasa decisión. Solo ese
subir y bajar de montaña rusa.
Sé que heredé de
mamá, ese falso corazón roto. El mismo que me lleva hoy a apretar a fondo el
acelerador, justo, justo en la zona de los acantilados.
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