sábado, 26 de septiembre de 2015

LOS ACANTILADOS


Ahora que veo toda la situación, alejada por treinta años de distancia, los recuerdos vuelven a mi casi borrosos,  pero con cada recorte acentuado por una coloratura intensa. Retazos de memoria, una mirada, un olor, un crujido en la madera, voces, gritos.
Muchas veces pensé que todo había sido un sueño, un error de esos que a veces nos juegan las noches solitarias. Un invento que la fantasía infantil acariciaba con un único fin, ser especial, diferente.
Papá me contó tantas veces como sucedió todo. Su relato, siempre repetido con los mismos detalles, no coincidía con mis recuerdos.
Las tías lo enriquecían, hablaban del comienzo del problema, detallaban de la vida de mamá, el comienzo de la enfermedad a los quince años, el primer síntoma.
Los abuelos se asustaron mucho, hubo médicos, estudios, interconsultas, internaciones.
Las tías decían que siempre había sido muy delicada, muy frágil, muy sensible a todo tipo de complicaciones.
Ese año mamá abandonó la escuela, costó mucho estabilizarla, tía Ana decía que siguió estudiando en casa, según cuentan parece que todo había sido muy  complicado.
Yo tenía cuatro años cuando sucedió. De ella recuerdo claramente su largo pelo oscuro y las manos pequeñas trenzándolo, recuerdo los largos días en que mis juegos se limitaban a su habitación de la que ella no salía.
 –Mamita está enferma- decían las tías para llevarme al sol del patio. Sé que nunca quería alejarme, tal vez porque los niños tienen una mayor percepción que los adultos. Aprovechaba cada minuto en los  que su “corazón” le permitía estar conmigo.
A veces ella mejoraba, podía cantar y reír y bailar, eran los mejores momentos, pero no duraban casi sin que me diera cuenta ella dejaba la casa.
Papá decía que había empeorado, que la habían internado, que su corazón era muy débil.
Me contaba  cómo se habían conocido, cuando tía Ana se puso de novia, él era compañero de estudios del tío Jorge.
Fue  en una cita de los tíos, papá decía que ella era una mujer bellísima, que de inmediato sintió que iban a estar juntos para siempre.
Cuando ella lo aceptó, tuvieron que luchar con los abuelos que no querían que ella se casara, por su corazón.
Le dieron a papá mil razones pero ellos decidieron correr el riesgo, se casaron cuando él se recibió.
Todo fue riesgoso inclusive el embarazo. Y así nací yo, a pesar de todos los malos presagios.
Recuerdo muy bien el último día de mamá. Estuvo muchas horas en la mecedora del living con las ventanas cerradas, me llamó para peinarme, creo que tarareaba una canción mientras armaba mi trenza cosida que remataba con un moño. Me mandó al patio.
Jugaba con mis muñecas cuando escuche crujir la madera del piso de su habitación, después el ruido del agua en el baño. A ella le gustaban los baños de inmersión.
Papá cuenta que allí tuvo el infarto, que al perder el conocimiento se deslizó en el agua, que la encontraron enseguida pero que todo fue inútil, por su frágil corazón que estaba definitivamente roto.
Yo insistía con otra cosa, yo había visto a mamá en la bañera. Cuando tía Ana llegó, yo estaba en el baño, la seguí cuando escuche el agua, desde un rincón la vi con una hoja de afeitar en la mano, cuando las muñecas sangraron canturreaba, el agua se volvió roja, roja, tenía un olor extraño (ahí supe que la sangre tiene un olor especia).
Papá me dice aún hoy que todo lo que vi no ocurrió así, que fue un sueño. El no entiende porque durante toda mi infancia les conté esa versión a las maestras, pero dice que no es raro que los niños agraven las cosas para llamar la atención, luego de una pérdida semejante.
Hoy después de treinta años, estoy totalmente segura de las mentiras de papá, ella no murió de un infarto. Lo sé  porque mi vida ha sido una sucesión de altibajos pasionales y tormentosos, en los que tuve escasa decisión. Solo ese subir y bajar de montaña rusa.
 Sé que heredé de mamá, ese falso corazón roto. El mismo que me lleva hoy a apretar a fondo el acelerador, justo, justo en la zona de los acantilados.
 


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