lunes, 28 de septiembre de 2015


DE CANELA Y JENGIBRE.

Antes de despertarme totalmente, disfrute desperezarme como un cachorro de jengibre y canela nacido en el mismo corazón de la selva, el más hermoso felino. Salté de la cama, comprobando una olvidada  elasticidad y terminé rodando por el suelo como una pelota floreada, enredada en el abrigado camisón que parecía hecho para alguien mucho más alta que yo. Después de un segundo de desconcierto pude ver mi trípode  cerca de la pared. Me preguntaba una y mil veces como era posible que estuviera enredada en ese camisón tan grande. No comprendía que pasaba, pero sí sabía que hasta la noche anterior, al momento de acostarme, no hubiera podido dar un solo paso sin ese apoyo. Logré deslizarme justo al lado de la cama librándome del camisón gigantesco. Mi grito resonó por toda la casa cuando miré mis manos y mis pies ¿Qué era esto? ¡Mis manos eran las de una niña! Mis pies parecían… los de mi nieta. Me miraba las manos de un lado y del otro, con sus diminutas uñas, con su falta de arrugas. No podía quitarles los ojos de encima. Después de un rato se me aclaró el panorama: estaba alucinando, lisa y llanamente alucinando. Pero si súbitamente estaba delirando, ¿como podía a la vez razonar y recordar que tenía que ir a despertar a mi nieta a las siete y media, llevarle el desayuno y prepararla para ir al colegio?
Me envolví en un chal mientras corría descalza a la habitación de al lado, sin acordarme del trípode. No me dolían ni la rodilla, ni la cadera, el delirio estaba obrando milagros.
Me detuve en seco ante la cama de mi nieta. Temblando, comprobé que el cuerpo que ocupaba la cama era grande, grueso, de las cobijas asomaban mechones blancos. Asomó su cara y la sonrisa desdentada me llenó de espanto.
 —Hola abuela.
¡Mi pobre nieta! Ocupaba mi cuerpo y parecía no notarlo.
—Abuela, por fin llegaste, sabía que ibas a volver pronto. No les creí nada cuando me dijeron que estabas en el cielo.
Pobrecita, ella no tenía culpa alguna de mi locura.
Era una situación demencial. Mi pobre chiquita intentaría vestirse con su ropa y entonces… Busqué en su ropero, me vestí con su ropa y volví  a mi cuarto a buscarle ropa mía.

Mientras volvía al cuarto, razoné que me estaba comportando como idiota. Yo veía mi cuerpo en ella pero mi chiquita no era realmente así, solo era parte de mi delirio. Pero cuando volví a su lado, para mi confusión, tomó la ropa de mi mano mientras parloteaba alegremente. Cuando intentó ponerse en pie la vi tambalear buscando apoyo. Le puse el cuerpo y la ayudé a sentarse en la cama. Me miró tiernamente, con los ojos desvaídos de una octogenaria, mientras yo la observaba con estos ojos míos, tan nuevos, tan sanos, tan suyos. Con mi boca de labios arrugados y finos, dijo:
 —Abuelita, ¿no me alcanzas el trípode?

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