martes, 29 de septiembre de 2015

SU VOZ EN LA DISTANCIA


Conoceré su voz en la distancia cuando la noche dude

anclaré mi barcaza  al muelle de sus ojos

 arrastraré  hasta allí mis madreperlas

Cantaré sobre el mar para invocar el nombre

de palomas perdidas

Sufriré en la entrañas el desgarro

que anuncia  la tormenta

para poder partir desde

lo luminoso de su sombra

hacia aquella añorada transparencia.



 

Dicen que me vieron caminar descalza, dicen que llevaba puesto algo naranja, más como telas sueltas que vestidos, dicen que camine sin ver, que trepe grácilmente hasta los rieles, que camine de frente al sol, que mi pelo voló levemente con la brisa, largo y sedoso, suelto en el  brillo de la mañana.
Dicen que hubo gritos, carreras inútiles, bocinazos, cuando cruce el viejo puente donde se abre la avenida.
Dicen que una nena dijo en su alegre media lengua
- Mira, mira, MAMÁ...lleva globos de colores, Mamá mira...-
Pero nadie le presto atención. Por aquello que dicen sobre la mirada de los niños. Que nunca fue importante.
Creo que llevaba en mis brazos mi viejo muñeco, creo que la sensación de liviandad era fantástica, que los globos eran tantos que su tironeo me hacia cosquillas desde las mano al pie, como una leve corriente vivificante. Que el silbato del tren fue tan fuerte que una vieja inmigrante, con la cabeza llena de sonidos e imágenes juró que era la sirena de un barco.
Creo que tenía razón, aunque no escuchara la despedida de la nave, si podía percibir claramente el ronroneo del mar a mi espalda, el claro rumor de las olas acercándose. Percibía el olor salobre, el maravilloso deseo de dejar que el agua penetrara cada poro exaltado de mi cuerpo.
Dicen que parecía feliz, luminosa, liviana.
Dicen. Dicen solamente lo que pueden, solo la niña y la vieja vieron vibrar iridiscentes los globos ante el avance del mar... Solo ellas desfrutaron del vuelo de millones de gotas explotando con infinitos arco iris, solo ellas pudieron escuchar mis cánticos de absoluta felicidad, solo ellas apreciaron el vuelo fantástico. Solo ellas disfrutaron a pleno cuando el golpe del mar me elevó hacia un infinito desconocido.

Los demás, todos y cada uno, solo vieron el débil cuerpo doblarse bajo la locomotora con un último reflejo naranja.  

AMARTE


Amarte ha sido una aventura a contrapelo
 como cartas mezcladas al azar
siempre faltaron peones para abrir la partida.
Se me hizo necesario
                             amar calles de lluvia
                            con sus perros sedientos
 sus niños innombrados
sus desganados locos
                              sus viejos solitarios  
como pobre  basura en las esquinas agrias
llorar la piel de las naranjas
                                en pelotas informes
al pie las casas despintadas
                                 de todos los ausentes.
Amé para negarte las uvas y las moscas
 que ocultan
                   la locura
las lágrimas
                    del duelo
 y la dulce alegría
                     de los otros.
Porque  
                     sabes
amarte fue una dura aventura

con demasiados filos.

lunes, 28 de septiembre de 2015


DE CANELA Y JENGIBRE.

Antes de despertarme totalmente, disfrute desperezarme como un cachorro de jengibre y canela nacido en el mismo corazón de la selva, el más hermoso felino. Salté de la cama, comprobando una olvidada  elasticidad y terminé rodando por el suelo como una pelota floreada, enredada en el abrigado camisón que parecía hecho para alguien mucho más alta que yo. Después de un segundo de desconcierto pude ver mi trípode  cerca de la pared. Me preguntaba una y mil veces como era posible que estuviera enredada en ese camisón tan grande. No comprendía que pasaba, pero sí sabía que hasta la noche anterior, al momento de acostarme, no hubiera podido dar un solo paso sin ese apoyo. Logré deslizarme justo al lado de la cama librándome del camisón gigantesco. Mi grito resonó por toda la casa cuando miré mis manos y mis pies ¿Qué era esto? ¡Mis manos eran las de una niña! Mis pies parecían… los de mi nieta. Me miraba las manos de un lado y del otro, con sus diminutas uñas, con su falta de arrugas. No podía quitarles los ojos de encima. Después de un rato se me aclaró el panorama: estaba alucinando, lisa y llanamente alucinando. Pero si súbitamente estaba delirando, ¿como podía a la vez razonar y recordar que tenía que ir a despertar a mi nieta a las siete y media, llevarle el desayuno y prepararla para ir al colegio?
Me envolví en un chal mientras corría descalza a la habitación de al lado, sin acordarme del trípode. No me dolían ni la rodilla, ni la cadera, el delirio estaba obrando milagros.
Me detuve en seco ante la cama de mi nieta. Temblando, comprobé que el cuerpo que ocupaba la cama era grande, grueso, de las cobijas asomaban mechones blancos. Asomó su cara y la sonrisa desdentada me llenó de espanto.
 —Hola abuela.
¡Mi pobre nieta! Ocupaba mi cuerpo y parecía no notarlo.
—Abuela, por fin llegaste, sabía que ibas a volver pronto. No les creí nada cuando me dijeron que estabas en el cielo.
Pobrecita, ella no tenía culpa alguna de mi locura.
Era una situación demencial. Mi pobre chiquita intentaría vestirse con su ropa y entonces… Busqué en su ropero, me vestí con su ropa y volví  a mi cuarto a buscarle ropa mía.

Mientras volvía al cuarto, razoné que me estaba comportando como idiota. Yo veía mi cuerpo en ella pero mi chiquita no era realmente así, solo era parte de mi delirio. Pero cuando volví a su lado, para mi confusión, tomó la ropa de mi mano mientras parloteaba alegremente. Cuando intentó ponerse en pie la vi tambalear buscando apoyo. Le puse el cuerpo y la ayudé a sentarse en la cama. Me miró tiernamente, con los ojos desvaídos de una octogenaria, mientras yo la observaba con estos ojos míos, tan nuevos, tan sanos, tan suyos. Con mi boca de labios arrugados y finos, dijo:
 —Abuelita, ¿no me alcanzas el trípode?

EL VIEJO ENTROITO EPIFONÉMICO...


Al iniciarse los años sesenta las jovencitas, librábamos una ardua batalla para atravesar ese complicado período, siempre difícil, ya sea porque las hormonas te quedan grandes o el cuerpo es aún pequeño para contener tantos cambios o porque el tiempo te queda chico de sisa para leer tanto poema de amor y tanta novela que TO-DA-VIA NO ES PA-RA VOS. O el ruedo de la pollera al bies campana plato te chinga un poco justo en la ilusión virginal del soñado vestido de novia.
Algunas (pocas en realidad) por llevar la contra a todos, cedían a proponer la tentación, de la que ni el padrenuestro te salva.
Y digo proponer, ya que el peligro de caer en la tentación lo producen las mujeres claro está, obligando a pobres niños inocentes a ser llevados de las narices, como perritos alzados.
Ya sabemos lo que dice el Génesis, que si no fuera por Eva aún viviríamos en el maravilloso Paraíso abundante en desconocimiento, pero pleno de felicidad eterna y así fue, que por nuestra culpa nuestra grandísima culpa, se llegó posteriormente, a todas las atrocidades que cometieron los hombres que accionaron con violencia como resultado de la pérdida de la felicidad, de la ignorancia y la estupidez.
Bien, pero eso es otra historia mucho más larga y complicada.
Decía que las jovencitas de ese tiempo, usábamos para la escuela unos femeninos guardapolvos con tablitas bien planchadas y un gran moño. Nunca me quedo claro si el moño era símbolo de femineidad o una distracción visual para la parte posterior, que nos cubría hasta las rodillas pudorosas envuelta en la gruesa lycra azul de las recién llegadas a Argentina, medias Lolita. Eso se producía en el momento justo en que se dejaba atrás, los Gomi Cuer modelo guillermina y las medias Carlitos,  por los adolescentes mocasines.
El pelo (ese adorno pecaminoso) que llevábamos hasta la cintura, y que suelto, nos generaban sensaciones voluptuosas, se llevaba recogido,  en una cola o trenza que nuestro compañero del pupitre trasero se ocupaba de meter en el tintero, generando furias y salpicaduras varias.
En ese momento no sabíamos mucho de Freud, sino el chiste hubiese dado para jugosas interpretaciones.
Contaba entonces, que las niñas dueñas de las recién nacidas redondeces, teníamos un capítulo aparte el domingo, la esperada misa de once. Allí concurríamos cubriéndonos con hermosas mantillas de tul o encaje, según la capacidad adquisitiva de cada familia.
La mía, producto del aluvión zoológico del 46, era de un modesto tul con un bordecito de flores me parece que bordadas si no me falla la memoria.
Claro que la memoria fallida a ésta edad es tan común que podría asegurar que a lo mejor estoy contando otra historia que no es la mía, sino la de otra chica que en los años sesenta se sentía tan hermosa y pura como la Virgen María, bajo el tul inmaculado, que hasta soñaba con ser monja y se imaginaba tan espigada, blanca y rubia como las chicas de enfrente.
Allí se reunían todos los jóvenes que podían caer bajo nuestra tentación. Lo que finalmente nos alejaba del convento vencido por la incipiente fuerza de los óvulos que convertían nuestro humor en un continuo subibaja, confirmando eso de que las mujeres somos insoportablemente cambiantes, característica propia de nuestra capacidad innata de adaptarnos a todo para sobrevivir, a parejas, maridos hijos, trabajos y a los desbocados “excesos de pensamiento” que gestados en los sesenta parimos en los setenta, década que como todos sabemos marcó a éste país para siempre.
De eso también podríamos hablar largo y tendido, discutir, criticar, despotricar, pero como es lógico si estamos en los sesenta aún ni imaginábamos que leer y pensar tanto , nos llevaría a lo que nos llevó.
En esos hermosos años, las niñas habíamos aprendido corte y confección, crochet, tejido a dos agujas, inglés, francés, piano o guitarra, mientras nuestras madres nos convencían que estudiar era el mejor camino a seguir, porque eso te daba independencia.¡ Madres!¡ Madres!¡ Mujeres con ideas subversivas! ¡Eso eran, mira que meternos esas cosas en la cabeza!
¡Cuanto más fácil hubiese sido seguir las  consignas del libro UPA!
Pero ... ¿de qué hablábamos?
Ah sí, ya me acordé.
Del despertar a la vida de las adolescentes de los años sesenta. De la tentación de los ángeles.
De nuestra responsabilidad ante la pérdida del Paraíso de todos los hombres de la tierra.
 Víctimas inocentes, por lo que merecemos el purificante fuego de los volcanes eternos, para siempre-nunca-jamás. Eternos como el deseo y la pasión, con la que llenamos nuestras vidas agujereadas, en ésta bendita Babel cotidiana.

     

 

AGUJETAS DE FUEGO


Hoy de golpe lo supe los ojos casi ciegos
                                                              se abrieron sin decoro
                                  y todo estaba allí
                                                            trasparentado
giro cuarenta veces mi renuncia brillante
 en tu mirada esquiva
la mano sobre el plato
                                      movimiento perpetuo
apretando cerrojos a los pájaros libres
hoy lo vi y tengo miedo
tengo miedo ésta noche
                                           hace frío
los silencios parecen agujetas de fuego
                                            vi escapar
los cálidos vellones desde el vientre
                                            del tiempo
huyeron tras la sombras
                                             es inútil
               que suenen las campanas
sus oídos son ciegos y hace frío esta noche
tanto como esperaba la tierra de cosechas
y hoy no puedo volar a recoger los granos.


sábado, 26 de septiembre de 2015

CAMA ADENTRO


Ellos me dijeron que no soy como los demás, eso no es bueno, dijeron. Por eso me mandaron acá. Peligrosa dijeron, enferma inestable. Me parece que querían decir loca pero no se animaban. Ahora que llegué uste me hace preguntas. Nunca estuve en un lugar así. A mi me recomendaron que le conteste todo, puede preguntar nomás, si yo sé, le contesto. ¿Lejos de mi familia? Sí. Desde los catorce no los veo, pero estoy acostumbrada. Allá en Misiones nos mandan jovencitas a trabajar a Buenos Aires. Yo con los señores estuve hasta hace poco ¿Qué cuantos años tengo? La patrona decía que cumplo 28, en noviembre ¿Si leo y escribo? No, no, solo mi nombre. Juana Gorosito. Allá en el monte no íbamos a la escuela porque había mucho para hacer, soy la mayor ¿vió?... ¿Contar? ¿Y qué quiere que le cuente? Acá no aprendí a leer, no. Mi nombre me lo enseño la Señora. A mí me costó mucho aprender las cosas de la casa, muy mucho. Nunca había visto una casa así, con pisos y baños y canillas para brillar. La patrona me tuvo que enseñar todo, pero soy dura yo, no entendía bien, con tantos trapos y botellitas para hacer la limpieza… A la final la Señora se ponía nerviosa y me decía que era lenta, tonta me decía. ¿Si me pegaba? Y sí, al principio sí. Algún coscorrón… y no era para menos ¡Si yo para aprender era una piedra! ¿Que iba a hacer la pobre, no? Tardé como un año en hacer las cosas más o menos bien. A la escuela no, no me mandaron. El señor le decía que mandarme era al cuete (lo decía con otra palabra que no me acuerdo), que era para hacerse mala sangre. Y capaz que tenía razón, el señor siempre sabía lo que decía. El era muy serio, no se le podía llevar la contraria ¡Pero con la nena, sí que me encariñé yo! Si viera que regalona era conmigo. Me hacía acordar a mi hermanita la Carmen. Cuando yo llegué ya tenía seis años. La cuidaba, la peinaba, la vestía para la escuela. Era muy bonita, aunque no se parecía mucho a los señores, ellos eran rubiones, más la señora, que tenía la piel trasparente, como las tacitas del té. Después que cumplió los quince, empezaron los problemas. Fue cuando se enfermó la nena y los señores se volvieron locos. La Clarita se puso flaca, vomitaba, tenía fiebre y ni comía. Nada le gustaba, ni dulce ni salado. Entraba y salía del sanatorio y cada vez peor y peor. Dormía todo el día. La señora lloraba y rezaba, el señor se enfurecía y decía que era un castigo de Dios. Uste no me va a creer pero hasta el pelo se le cayó. La casa se fue volviendo oscura y silenciosa. Hasta que a la final, un día, no se despertó. Y los señores se quedaron mudos, sin llorar ni nada, duros como estatuas… Ahí fue cuando la empecé a escuchar a la nena ¿Qué si la veía? No, no. Ella me hablaba al oído “Juana (me decía) mamá y papá sufren mucho”. Desde ese día la escuchaba a toda hora. Si hasta me lloraba para que hiciera algo. “Ellos sufren Juana, no pueden vivir así”. “Ellos quieren estar conmigo ¿no ves que parecen almas en pena? Y yo estoy tan sola, Juana” “¿Cómo van a vivir con ese dolor? Yo también los necesito Juana, no quiero que sufran más” La escuchaba día y noche vea, ya ni dormía. La casa parecía una tumba fría y oscura. Y Clarita dele decirme “Mirá como sufren Juana y yo estoy tan sola, no los dejes sufrir más” ¿Y yo, que iba a hacer? Le quería demasiado a la nena. Por eso esperé que se durmieran por los remedios y subí con la hachuela, mientras Clarita me decía al oído “Qué no sufran más Juana” ¡Mi pobre niña! Ahora ellos están juntos y yo estoy tranquila acá. Lo más tranquila.
MADRUGADAS ESCAMOSAS

Me está faltando el aire
                       fundido con los huecos
                                 de una taza de té
                                 son las manchas del tiempo
               las que cobran  conciencia
para alargar sus nudos
                                               Sé ahora que                                          
 no caminaré los arreboles
en las madrugadas escamosas
                                                no llevaré ofrendas a la cima
                                             de la pirámide soñada
                                    ni morderé orquídeas en la selva
                               ni bailare flamenco
                       en un tablado
               ya sé
no será en Isla Negra
donde me abrace el mar
             en ese silencio irremediable
descarnado sordo sin espejos
donde
               se afina el aire
                                en un hilo
                                          volátil
                       traicionero
como Baba del Diablo
 

                    

LATIDOS


¿Alguien sabrá si es tiempo todavía
                            de evitar el silencio?
 Los pliegues del recuerdo
acorazan
                     largos
                                pasillos
                                    oscuros
                              estrechos
donde la voz
                        rebota.

¿Alguien sabrá si es tiempo
                                         de traer  la palabra
            nuevamente?

Si acallaron las mejores campanas
        si desmayaron trinos
                          con sus pasos
         si soplaron las velas
de treinta mil amaneceres.

¿Alguien verá en la cumbre
             el viejo talismán

de los latidos?

LOS ACANTILADOS


Ahora que veo toda la situación, alejada por treinta años de distancia, los recuerdos vuelven a mi casi borrosos,  pero con cada recorte acentuado por una coloratura intensa. Retazos de memoria, una mirada, un olor, un crujido en la madera, voces, gritos.
Muchas veces pensé que todo había sido un sueño, un error de esos que a veces nos juegan las noches solitarias. Un invento que la fantasía infantil acariciaba con un único fin, ser especial, diferente.
Papá me contó tantas veces como sucedió todo. Su relato, siempre repetido con los mismos detalles, no coincidía con mis recuerdos.
Las tías lo enriquecían, hablaban del comienzo del problema, detallaban de la vida de mamá, el comienzo de la enfermedad a los quince años, el primer síntoma.
Los abuelos se asustaron mucho, hubo médicos, estudios, interconsultas, internaciones.
Las tías decían que siempre había sido muy delicada, muy frágil, muy sensible a todo tipo de complicaciones.
Ese año mamá abandonó la escuela, costó mucho estabilizarla, tía Ana decía que siguió estudiando en casa, según cuentan parece que todo había sido muy  complicado.
Yo tenía cuatro años cuando sucedió. De ella recuerdo claramente su largo pelo oscuro y las manos pequeñas trenzándolo, recuerdo los largos días en que mis juegos se limitaban a su habitación de la que ella no salía.
 –Mamita está enferma- decían las tías para llevarme al sol del patio. Sé que nunca quería alejarme, tal vez porque los niños tienen una mayor percepción que los adultos. Aprovechaba cada minuto en los  que su “corazón” le permitía estar conmigo.
A veces ella mejoraba, podía cantar y reír y bailar, eran los mejores momentos, pero no duraban casi sin que me diera cuenta ella dejaba la casa.
Papá decía que había empeorado, que la habían internado, que su corazón era muy débil.
Me contaba  cómo se habían conocido, cuando tía Ana se puso de novia, él era compañero de estudios del tío Jorge.
Fue  en una cita de los tíos, papá decía que ella era una mujer bellísima, que de inmediato sintió que iban a estar juntos para siempre.
Cuando ella lo aceptó, tuvieron que luchar con los abuelos que no querían que ella se casara, por su corazón.
Le dieron a papá mil razones pero ellos decidieron correr el riesgo, se casaron cuando él se recibió.
Todo fue riesgoso inclusive el embarazo. Y así nací yo, a pesar de todos los malos presagios.
Recuerdo muy bien el último día de mamá. Estuvo muchas horas en la mecedora del living con las ventanas cerradas, me llamó para peinarme, creo que tarareaba una canción mientras armaba mi trenza cosida que remataba con un moño. Me mandó al patio.
Jugaba con mis muñecas cuando escuche crujir la madera del piso de su habitación, después el ruido del agua en el baño. A ella le gustaban los baños de inmersión.
Papá cuenta que allí tuvo el infarto, que al perder el conocimiento se deslizó en el agua, que la encontraron enseguida pero que todo fue inútil, por su frágil corazón que estaba definitivamente roto.
Yo insistía con otra cosa, yo había visto a mamá en la bañera. Cuando tía Ana llegó, yo estaba en el baño, la seguí cuando escuche el agua, desde un rincón la vi con una hoja de afeitar en la mano, cuando las muñecas sangraron canturreaba, el agua se volvió roja, roja, tenía un olor extraño (ahí supe que la sangre tiene un olor especia).
Papá me dice aún hoy que todo lo que vi no ocurrió así, que fue un sueño. El no entiende porque durante toda mi infancia les conté esa versión a las maestras, pero dice que no es raro que los niños agraven las cosas para llamar la atención, luego de una pérdida semejante.
Hoy después de treinta años, estoy totalmente segura de las mentiras de papá, ella no murió de un infarto. Lo sé  porque mi vida ha sido una sucesión de altibajos pasionales y tormentosos, en los que tuve escasa decisión. Solo ese subir y bajar de montaña rusa.
 Sé que heredé de mamá, ese falso corazón roto. El mismo que me lleva hoy a apretar a fondo el acelerador, justo, justo en la zona de los acantilados.
 


viernes, 25 de septiembre de 2015

LOS OTROS

chispas fogueadas de un país distante
voces de “otros”                             
                        múltiples truncas roncas
en astillas
brillos afónicos que han llamado
                        cien veces
A fuerza de soñar
 con la apertura
                        en los umbrales sordos
                            donde el herrumbre ahoga
                                 sus ombligos gigantes
                             su disfraz de Narciso
                         sus espejos oscuros
allí solo miseran fotocopias
puro tul de ilusión
                          un  todo vale.
Principio del formulario


LA NAVE ESPACIAL


Hoy le tocaba a él, finalmente el papá cumplía la promesa, desde el año pasado que esperaba.
Mejor dicho desde los cuatro años que envidiaba a su hermano mayor que salía todas las mañanas. Claro el iba a la escuela a la tarde, siempre tenía buenas notas, bueno, buenas lo que se dice rebuenas no, pero pasaba de grado fácil y ahora había arrancado la secundaria. A él le costaba bastante, perdía los útiles, a veces no copiaba la tarea, las letras parecían “patas de gallo”, decía la maestra.
¿Cómo serían las patas de gallo? No tenían gallinas, ni gallinero...Serian como en el libro de lectura, después de todo no eran tan feas. ¡Decí que la seño era rebuena y lo ayudaba con fotocopias, con lo que le costaba copiar!
Mientras pensaba, metía las manitos en el agua fría, lavándose la cara y mojándose el pelo.
Esta vez no tuvieron que apurarlo, como todos los días para la escuela, más bien cuando lo llamaron ya estaba totalmente despierto con una sonrisa grandota.
La mamá le sirvió la taza de mate cocido bien caliente, le alcanzó el buzo azul y la gorra.
-Peináte bien y abrigáte, hace frio-
Menos mal que ésta semana no se había peleado con nadie, sino capaz ni lo llevaba Su hermano de catorce dormía, tres hermanas y dos chiquitos también.
Salió con la cabeza erguida, orgulloso,  feliz.
En la calle pateó todo lo que pudo, no hablaban al respirar les salía un humito tibio de la boca.
Menos mal que era sábado.¡ Capaz mañana si el viejo salía lo llevaba de nuevo!
El lunes les contaría a todos. Seguro que no le iban a creer. Ya le parecía escuchar al Jonatan ._¡ Que vas a ir vos,  si sos más flaco que un alambre, con el frio que hace, no mintás pibito, no mintás.
Lo miro al viejo alto, morocho, flaco, hoy lo veía más grande que nunca.
_No me dejas a mi? Dale pá, dale, dejáme un cachito, ya soy grande yo, dale pa ahora que recién largas, si el Matías puede pá , yo también ¡! Dale, no seas malo dejame un cachito, un ratito nomas, yo puedo._
_No, sos chico vos, no es tan fácil, tenés que tomar mucha sopa todavía.
Te crees que esto es así nomas, no, no es nada fácil, mira como le quedaron las manos al Matías._
Sos muy chico vos, te falta sopa, ya vas a tener tiempo.
Pero no, pá si yo puedo, tengo fuerza, yo quiero, si es lo que más me gusta en la vida. Dale pá, dejame, dale
Qué ¿Te vas a poner a llorar?  ¡Si sabía ni te traía ¡! Que haces, que pateas!  ¿Sos loquito vos? ¡ Mira que te doy un boyo eh...! No, no me llores, está bien. ¡Dale, dale que te dejo, no me llores boludo! ¿No sos grande vos??
El Ariel salto de alegría, con la izquierda se manoteo las lágrimas y los mocos, con la derecha la vara del carro. La alcanzaba apenas, juntos carro y niño formaron una ridícula imagen de felicidad, lo arrastraba casi colgado, colorado del esfuerzo y el frío, agarró velocidad en la pequeña bajada de la calle.
Eh pibe, pará, pará loco! ¿No ves esas botellas en la casa de la esquina?
Esa noche Ariel, en la cama que compartía con su hermano grande, soñó que manejaba una hermosa nave espacial cargadísima de botellas de colores diferentes, más brillantes que las mismas estrellas.

 



EL CORAZON DE MAMÁ.


Siempre se repetían a intervalos regulares, aún hoy aparecen, cuando mi nieta mayor está esperando su primer hijo, creo que empezaron cuando tenía  más o menos ocho años. Fue en el tiempo en que llevaron a mamá al Hospital, donde ni siquiera podíamos visitarla.
 Tía Renata que se encargaba de cuidarnos, decía que no permitían niños en el lugar, mi hermano Gerardo cuatro años mayor, aseguraba que eso no era cierto. El recordaba claramente la internación de papá después del accidente, de eso hacía ya casi tres años. Él me contaba de las blancas camas de hospital, que describía a la perfección, eran de hierro pintadas de un blanco impecable, las monjitas se enorgullecían de la blancura de las sábanas y de las colchas, hechas con una tela de nidito de abejas.
 Cuando la tía apagaba la luz de mi cuarto, no podía dejar de pensar en mamá y su cama de Hospital. Fue entonces cuando aparecieron los sueños.
 La primera vez la soñé hermosa, corriendo por la playa donde pasábamos las vacaciones de verano,  tenía el pelo suelto, largo hasta la cintura y un camisón lila que se complementaba con la coloratura del mar al atardecer, donde hasta la arena parecía destellar en naranja.  ¡Se la veía tan sana! Sin embargo allí estaba la cama blanca impecable .En mi sueño yo sobrevolaba sobre ella, en un giro, entendí porque se la veía tan bien. Su corazón enfermo, había quedado en un vaso sobre la blancura de la colcha. Me desperté gritando y empapada, ese día no pudieron mandarme a la escuela. Creo que tuve fiebre. Preguntaba una y otra vez, como podía estar tan bien mamá sin su corazón.
Gerardo era uno de esos  hermanos que pasaba de los más hermosos relatos, a los más aterradores que se puedan imaginar.  Sentía por mí esa especie de amor odio que hace de la unión fraterna el más delicioso suplicio infantil. El convertía a mamá en un hada o un fantasma según lo que se le ocurriera en sus historias. Yo terminaba temblando en mi cama, llorando a veces, sonriendo otras o creyendo que por la mañana mamá me despertaría. En mi sueño la veía salir de su  cama de enferma dejando en su lugar  una bella rosa roja,  los sueños se mezclaban con los relatos de mi hermano, mis  abundantes fantasías  y los fragmentos de la realidad. Pero mamá no volvía y el tiempo era inexplicablemente largo.
 Otra noche  soñé nuevamente con mamá, no, en realidad no fue exactamente así. Vi su cama, esa recurrente y solitaria cama de hospital, estaba sobre una prado con flores de colores, creo que Gerardo y yo corríamos y dábamos vuelta carnero  sobre las flores, a riesgo de rompernos la cabeza, me parece que queríamos llamar la atención de mamá a toda costa, sabíamos que estaba cerca, pero no se dejaba ver. Algunas veces ese lugar nos tranquilizaba, su corazón estaba sano, podíamos verlo casi, rojo, hermosísimo, latiendo en un compás perfecto DUM- LOP. DUM- LOP. Otras veíamos casi marchita una rosa roja, deshojándose sobre la cama helada, sin sonido, sin reloj, sin esperanza.
 Alternaban sueños buenos con sueños malos. Pero el tiempo seguía pasando. Un viernes, mi tía nos dijo que el domingo podríamos ir al hospital a verla. Eso era lo más maravilloso que nos había sucedido en mucho tiempo. Soñé esa noche que mamá, me compraba un inmenso globo rojo, un globo tan brillante que todos los niños envidiaban.  A pesar de eso el globo tenía mucha tendencia a fugarse por lo que le puse un largo hilo rojo. Que no impidió su escape. Volaba increíblemente alto hasta las nubes, más allá de la cama blanca de hospital que también tenía la habilidad de escapar, al menos en mi sueño.
Qué bueno era verlo perderse entre las nubes, en el mejor día de mi vida, mientras yo apoyaba mi oído en el pecho de mamá para escuchar embelesada ese sonido perfecto DUM- LOP. DUM- LOP!



                                         CASTILLOS DE ARENA


Los Hombres de Hielo vendrían alguna madrugada, atraídos por nuestros cánticos. Tenía que suceder. Hoy, mañana. Nosotros no podíamos dejar de cantar y ellos no podían liberarse de la atracción que producían nuestras gargantas. Las canciones llevadas por el viento eran nuestra riqueza y la futura ruina.
Los dos pueblos teníamos el mismo origen, claro está, aunque perteneciéramos a ciudades  antagónicas y distantes.
Luego del cataclismo, cada grupo humano sobreviviente debió adaptarse al ambiente. Ellos al hielo, nosotros al desierto. Nos separaban, o tal vez nos unían, extraños puentes moldeados por los movimientos geológicos. Las  tres franjas, la volcánica, la selvática y la marítima, se repetían simétricas, como meridianos alrededor de la tierra.
Nuestra ciudad, construida con arena, tenía un extraño encanto. Las callejuelas crujían suavemente bajo nuestros pies. Cada bloque de viviendas podría haberse visto, desde el cielo, como los castillos que antiguamente construían los niños, jugando en la playa. Pero ya no había aviones, ni globos, ni pájaros que pudieran verla desde el aire. Solo un cielo límpido y claro cubría las torres, las escaleras y los muros, recortándolas con precisión.
De la selva prohibida apenas tomábamos los frutos indispensables y el agua dulce. Era una inexpugnable muralla de árboles que se levantaba a unos pocos kilómetros de la ciudad. Internarse en ella significaba desaparecer, todos lo sabían.
La ciudad se fue erigiendo cerca del mar. Cavamos canales  profundos, a fin de acercar el agua necesaria para unir la arena. No teníamos otros elementos a nuestro alcance. Como dije, de la selva nos estaba prohibido tomar otra cosa que el alimento básico. 
Nuestra ciudad no era muy grande. O sí, según la hora del día. Su tamaño dependía de las mareas. Por eso la llamábamos Ilusoria, ya que era reconstruida día a día. Cada movimiento del mar, con los años más y más errático, nos afectaba, a veces de manera catastrófica. Había mareas extraordinarias y días en los que uno podía jurar que el mar jamás había existido. A veces el agua inundaba los canales y se llevaba buena parte de las construcciones. Por eso los niños, que cada vez eran menos, dormían lo más lejos posible de los canales, en el corazón de la ciudad. Aún así, cuando Ilusoria hacía plena gala de su nombre, las mareas más altas los buscaban para llevárselos y eran salvados por las mujeres, que vigilaban sin dormir; tenían esa rara habilidad que los hombres no lográbamos comprender. A lo mejor porque estábamos demasiado ocupados reconstruyendo y cantándole a La Tierra para que obrara el milagro de una ciudad eternamente en pie. Las mujeres, en cambio, cantaban otras letras, con otros sonidos que rebotaban en la arena. Sus cantos, breves y melancólicos, alababan La Tierra, pidiendo protección para los niños, pidiendo que crecieran fuertes para poder construir o sabios para vigilar. Ya casi no había niños nuevos. Nadie tenía tiempo de amar.
Todos sabíamos que cuando los Hombres de Hielo cruzaran los puentes de lava, sería el final. Ilusoria no lograría resistir semejante migración. Caminarían nuestras calles de arena tibia, subirían las escaleras recién terminadas y nos encontrarían subidos a las torres más altas, reforzando las frágiles almenas. Nos saludarían y se pondrían a hablar de su travesía, de su mundo de hielo, de lo amable de la arena tibia y, según los viejos sabios, generarían discusiones que nos harían olvidar nuestra función de reconstruir. Todo entonces sería inútil. La menor distracción nos volvería presa de las mareas y ya nadie levantaría la ciudad.
Pero evitarlo era imposible. Las voces de Ilusoria eran las voces del Sol, el canto hipnótico de una promesa cálida y acogedora.
Vendrán sin imaginar que nuestra ciudad es una tramposa formación de múltiples castillos de arena, esperando el momento exacto del olvido.


COMO LOS PERROS TRISTES

Reflejos, solo quedan reflejos de las puras miradas

fugaron arboladas sin raíces

doblaron a la muerte, la otredad  cotidiana

y lamieron las lágrimas uno a otro como los perros tristes

aullando hacia la luna.

Fueron noches a veces tormentosas

de gemidos ahogados

de tortuosos misterios en los hondos abismos

donde la luz no llega

donde se agota el día

en la larga negrura del barranco

donde buscaron nombre tu deseo y el mío

allí donde inhumó su magia la palabra.





 LOS MARGENES DEL MIEDO


Nada de esto debió
                                   haber pasado
lo vimos antes de empezar el viaje
                                             el miedo
 fue un puñal negado
                                           innecesario
ese vacío
                    se incrustó en mi centro
                                              recién lo supe
cuando los ojos
destilaron su acíbar
                                       dejando abierta llaga
en nubes impotentes

laceradas las lenguas
sin verbos ni sonidos
navegando febril
                                       el propio calendario
 girando sus fúnebres cortejos
                                             hipnótico
                                                                 a vela plena
fanal de las ventiscas.



si no apago la luz

                             no me preguntes

a veces necesito creer que alguien espera.